Texto: Zavel Castro* y Davo Herrera**

Foto: Darío Castro

Describir al teatro como arte popular es un pleonasmo. Desde sus orígenes, el teatro fue diseñado para ser un entretenimiento de consumo multitudinario, que si bien podía tener varios niveles de lectura inclinados a lo poético o intelectual, tenía como objetivo, además de entretener, interpelar al ciudadano común, especialmente cuando se trataba de un teatro didáctico que mostraba los vicios de la sociedad para prevenirla de sus consecuencias. Por ejemplo, el desacato a la autoridad podía valerte el exilio y la renuncia a la posición social que tenías asignada era acompañada, necesariamente, de un castigo ejemplar (Edipo Tirano, Ricardo III, Bayaceto y Nora de Casa de Muñecas).

Las temáticas y situaciones de dominio popular demandaban la atención del vulgo, por ello los dramaturgos recogían las expresiones que facilitaran la comunicación con él. El teatro, entendido como un sistema comunicativo, requiere de un intercambio sustentado en el habla coloquial para ser devuelto al pueblo generando un sentido de pertenencia con la intención de que el público comprenda el mensaje a través de la identificación con los personajes. La Comedia del Arte asimiló a la perfección el mecanismo de generación de empatía para relacionarse con el espectador de manera exitosa y creó arquetipos que representaban y exageraban los vicios (avaricia, lujuria, falta de escrúpulos, ignorancia, excesos, etc.) y conductas que transgredían la moral impuesta por el orden político.

La carpa mexicana heredó este modelo añadiendo lo que sería su componente esencial: una crítica política que, a diferencia de la Comedia del Arte, cuestionaba los modos de hacer de los que encabezaban la jerarquía de poder (la criada que se burlaba de la patrona y el peladito hacía lo propio de los ricachones y los gobernantes). Esta osadía era posible principalmente porque el espacio en el que se presentaban estos espectáculos escapaba de la vigilancia de los señalados. En caso contrario, intervenía el régimen de la censura y los cómicos responsables de los números eran perseguidos y reprendidos acorde a la rigidez de las leyes del momento. Por ejemplo, se cuenta de las míticas detenciones de Palillo, quien fuera encarcelado más de una vez al terminar una función.

Foto: Reyna Aguiar

Foto: Darío Castro

El espíritu contestatario, la capacidad crítica y la agilidad que se requerían para la Improvisación, el humor y la cercanía con el pueblo de ese género nutrieron los contenidos de lo que hoy conocemos como cabaret político. Éste continuaría con el legado de la carpa mexicana, en el que el espíritu disidente y marginal sería expresado a través de formas más artísticas y espectaculares a partir de la década de los 70 con la aparición de exponentes que aún podemos ver hoy sobre los escenarios. Tito Vasconcelos, Astrid Hadad y Jesusa Rodríguez abrirían el camino, aunque más tarde aparecerían figuras como Regina Orozco, las Reinas Chulas y Minerva Valenzuela, todas ellas imprimiendo una estética común: el kitsch que, como elemento visual distintivo, se apropiaba las manifestaciones plásticas populares, atribuyéndoles un valor artístico.

La incorrección política que se permitieron los cabareteros desde su aparición se extendió de la burla hacia los poderosos hacia un cuestionamiento moral; el cabaret político se ha utilizado como una plataforma crítica hacia los estereotipos de género, apoyando de manera activa los derechos de las identidades sexuales disidentes y abanderando tanto las causas de la comunidad LGBTTTQIA como las del movimiento feminista.

Gracias a ello el cabaret ha dejado de ser un espacio marginal y se ha apropiado con fuerza de los espacios teatrales. Es por ello que ahora es posible encontrarlos en diversas carteleras debido a la pertinencia de su discurso y a la efectividad de su relación con el público que comparte su espíritu burlón y su siempre necesario ímpetu de empoderamiento y urgencia de denuncia ante las injusticias sociales.

Quien se pregunte por qué el cabaret ha sobrevivido, encontrará algunas respuestas explorando en las tendencias de comunicación y mercadotecnia. El antiguo anclaje a la restricción (social, económica, política, cultural) se ha visto reemplazado por la democratización de la información y el acceso a servicios basados en la construcción de una reputación conciliadora entre las marcas (espectáculos) y los consumidores (audiencias). Ante esta realidad, su éxito comercial se centra en la apertura y en atender a las minorías que históricamente han estado desprotegidas. Así, conectando emocionalmente con el espectador e implementando estrategias de híper segmentación (dejar de hablarle a “un público” para comenzar a enviar mensajes de forma individual), el receptor se ha vuelto el centro de todo: aquél para quien los eventos están diseñados, según su percepción y para entretenerle personalmente.

Foto: Darío Castro

*Es historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Maestrante en estudios de Performance.

** Es comunicador teatral, Senior Marketer y profesor de la Universidad de la Comunicación.

Foto: Darío Castro