Texto y foto: Arturo Alcalá Sandoval*

-Ten, hijo. Lo necesitas más que yo.
-Pero ya soy licenciado, tía.
-En Gestión Cultural.

Me gusta pensar que no hay personas más valientes que aquellas que se dedican a la “cultura” y no me gusta pensar que he llegado a un punto donde soy una de esas personas. Qué mayor ansiedad que darse cuenta de que uno se encuentra hasta el cuello de algo que siempre defendió diciendo amar. Y más por un amor que está rodeado por los siguientes fantasmas: ¿Qué es cultura?, ¿quién genera la cultura?, ¿cultura es todo y nada?, ¿la cultura se hace, se vende o se compra?, ¿la cultura se gestiona?

Mi camino como gestor cultural ha rondado en un ir y venir de proyectos, de ésos a los que hay que ponerle más amor que ganas de tener dinero. He participado en iniciativas artísticas como White Spider, creada por Karen Huber, que tenía un sustento tan poderoso como ser partícipe en el mercado del arte. Pero también en proyectos generados por mí mismo como lo fue Garage Art, una pequeña feria de arte que creé a una corta edad. Ésta última ha sido un incipiente esfuerzo abocado a lo independiente a través del cual he logrado, en cierto modo, mis cometidos: generar un público y un interés por mi gran pasión, las artes plásticas. Es por eso que, al día de hoy, por mera melancolía y mi fe en su propósito no he dejado morir Garage Art.

Después de brincar por varios empleos, no todo de corte cultural y no todos en los que fui bueno, en el 2015 tuve la oportunidad de ingresar a un mundo completamente nuevo: la administración pública. Hablamos de una maquinaria inimaginablemente compleja, llena de procesos y reglas, y que abarca programas que por años se han estado elaborando y perfeccionando, programas de los que dependen millones de personas que pertenecen a la comunidad artística.
Trabajé por 3 años en este engranaje hasta que hubo un cambio radical: el nuevo presidente decidió abrir Los Pinos al pueblo y se lo entregó a Cultura, y yo he sido parte de esta tarea. Enfrentarme a un espacio que por años fue considerado un secreto y que ahora se abrió al público como espacio destinado para la cultura. Evidentemente, más allá del valor histórico del espacio, la gente que visita el Complejo Cultural Los Pinos acude por curiosidad. De ahí que tomar un espacio de esta magnitud (en todo sentido) y limpiarlo de una sombra tan espesa como la historia de este país no es tarea fácil. Sin embargo, independientemente de la polémica en torno a su apertura, lo cierto es que hoy el pueblo de México tiene un nuevo recinto patrimonial que difícilmente le será arrebatado de nuevo. Y es que abrirlo fue un acto simbólico, pisarlo es un acto de fe y disfrutarlo es una apropiación.

Ahora, la labor que debe realizarse es encaminar procesos que den forma y línea de acción social desde lo administrativo. Abrir un espacio no es suficiente, ni ninguna iniciativa para que se generen procesos culturales. Es nuestra responsabilidad, por tanto, si se realizan acciones a nombre de la gestión, comprometerse y trabajar en crear caminos que no se borren y permanezcan.

Cito a Reyna Aguiar: “El Estado no genera cultura”. En efecto, genera procesos y mecanismos para que fluya, se respete y suceda. Claro que se puede definir Cultura, claro que existe, claro que es tangible, claro que se compra, se vende, se usa y, por supuesto, se debe gestionar.

Al final, la cultura no se crea ni se destruye: se transforma y se resignifica. Por tanto, el gestor cultural es el que deberá decidir si crearse o destruirse a partir de su capacidad de transformarse y fungir como engrane en esta inmensa labor de ser valiente y dedicarse a la “cultura”.

* Es licenciado en Comunicación y gestión de la cultura y las artes por la Universidad de la Comunicación y estudió valuación de arte en Casa Lamm. Es artista plástico por vocación y creador de Garage Art, una feria de arte con cinco ediciones. Actualmente es Jefe de Vinculación Institucional en el Complejo Cultural Los Pinos por parte de la Secretaría de Cultura .