Texto: Adriana Palacios Hernández*

Foto: Yasodari

Miramos como nos han enseñado y nos dejamos llevar por las primeras apariencias. La cultura popular ha sido catalogada como algo menor, sin embargo, actualmente se han realizado exposiciones y trabajos que han brindado una mirada distinta de lo que se entiende como cultura popular. Resulta que lo que se pensaba carecía de cultura es aquello que tiene más riqueza. Aquí me refiero específicamente a los sonideros, a las grandes bocinas y luces que se colocan en la calle, a las personas que toman el espacio público y arman la rueda de baile. Es un momento único donde el tiempo y espacio se transforman en la celebración de la vida a través de la convivencia y el movimiento del cuerpo a ritmo tropical.

Mi gusto por los sonideros y, sobre todo, por la música tropical, llega desde pequeña, cuando asistía a las fiestas de conocidos y quedaba cautivada por la manera en que la gente bailaba y disfrutaba la música. Siempre observé los sonideros como algo de gran riqueza cultural, nunca me dejé llevar por la idea de que era algo bajo y carente de valor. Por esta razón decidí fusionar la pasión que tengo por el arte y la cultura con el sonidero, y actualmente realizo mi investigación de tesis sobre este tema. Titulada “Sonideros: gestión de música y comunidad”, mi enfoque es la comunidad, el repensar la manera en que nos relacionamos y plantear nuevas estrategias para la convivencia y la recuperación de los espacios públicos. Todo esto a partir de los sonideros y con la intención de ampliar la mirada de lo que creemos que son, y reconocer su aporte cultural e identitario en los barrios.

Para comprender la importancia de los sonideros, debemos conocer su origen, el cual se remonta a los años cincuenta con la grabación de la música y el avance tecnológico. Los años posteriores los melómanos viajaron a países como Colombia, Perú y Ecuador para buscar acetatos y música que trajeron al país sumando así a su repertorio. Los sonideros comenzaron entonces a ser contratados en fiestas de XV años, bodas, bautizos, y todo tipo de celebraciones, aunque al principio solo tenían un pequeño espacio: mientras las orquestas en vivo descansaban. Posteriormente, debido a la diversidad de música que tocaban, la gente los empezó a pedir durante toda la fiesta.

Los clubes de baile siempre han existido, sin embargo, éstos suelen cobrar tanto la entrada como el consumo lo cual los vuelve exclusivos para ciertas personas. Ante esta realidad, los sonideros rompen con el esquema y salen de las vecindades y de las fiestas, para tomar el espacio público y ofrecer diversión sin dejar fuera a nadie. Y es que, en realidad, son producto de la impronta colectiva: se organizan cooperaciones en la comunidad para contratar un sonido, se colocan los bafles (bocinas), las luces, la buena música y la gente comienza a bailar. Así, en los años ochenta se dio un gran auge de sonideros y, desde entonces, han formado una parte importante de la cultura urbana de nuestro país.

Los sonideros se realizan principalmente en tres estados del país: Monterrey, en donde encontramos la colonia Independencia, cuna del sonidero y la cumbia rebajada, creada por el sonido Dueñez, la cual se ha convertido en todo un ícono de la cumbia; Puebla y la Ciudad de México. Sin embargo, debido a algunas problemáticas como la restricción de las tocadas en la ciudad, algunos sonideros se han trasladado al Estado de México.

Dentro de la CDMX, los barrios más representativos son: El Peñón de los Baños también conocido como “Colombia Chiquita”. En este barrio se encuentran las grandes dinastías de sonideros como ‘Los Perea’ y debido a su cercanía con el aeropuerto, la música de fuera siempre llegaba primero a este barrio antes que al resto de la Ciudad. Después, tenemos al legendario barrio de Tepito, de donde provienen los sonidos más populares como el de Ramón Rojo Villa, sonido ‘La Changa’. En este barrio la distribución de la música tropical es inmensa debido a la piratería. Por último se encuentra San Juan de Aragón de donde proviene Grupo Kual. En este barrio las tocadas sonideras se realizan con más frecuencia y es de los pocos sitios que tiene permiso del gobierno para realizar tocadas sonideras, de ahí su importancia.

La cultura sonidera, se ha ido consolidando a través de los años y son muchos los elementos que la conforman, pero sin duda los más característicos son tres: los saludos, nacen como una forma de animar y de interactuar distinto con los asistentes, pero sobre todo son una manera de reconocimiento entre el público. Lo más especial y esperado en una tocada es recibir un saludo del sonido, incluso se venden las grabaciones de los saludos, muchos los envían a sus familiares fuera del país.

El segundo elemento es el baile sonidero. Sin duda lo mejor de los sonideros es ver bailar a las personas, todos sacan sus mejores pasos y en ocasiones la manera de bailar depende de su lugar de origen o del lugar donde se está tocando. El sonidero también es un espacio de inclusión en donde no se discrimina, existen los clubes de baile que dan demostraciones en las tocadas y los mejores están conformados por homosexuales.

Por último, lo más característico, la gráfica sonidera. Llena de elementos kitsch, cada sonidero realiza su propio logotipo incluyendo las cosas que les gustan, de tal suerte que para la publicidad los carteles se saturan de colores e imágenes llamativas para que los eventos tengan mayor asistencia. El encargado de dar vida a los comienzos de la publicidad sonidera es el diseñador Jaime Ruelas, quien en los años ochenta realizó los carteles icónicos de la época de oro sonidera.

Un movimiento hecho por y para la comunidad, eso son los sonideros. Ligados a la cultura popular y llenándola de riqueza, siguen presentes creando una memoria colectiva narrada a través de la música y de las calles que albergan a las personas que celebran la vida a través del baile. El sonidero es la voz de barrio que persiste y que une.

Foto: Adriana Palacios 

Foto: Yasodari

*Es exalumna de la Licenciatura en Comunicación y gestión de la cultura y las artes, generación 2015-2019.