Texto: Fernanda Díaz Hernández* y Daniela González Ortiz**
Fotos: Daniela González y Fernanda Díaz, guerrillagirls.com

Hace unas semanas este par de mexicanas llevó a cabo la proeza de realizar una pequeña gran expedición por Europa con sus sueldos de millennials. Y, aunque estamos tentadas a pasarles tips de cómo sobrevivir a punta de pan y vino como Marcelino, en realidad, queremos hablarles de aquello en lo que —como buenas bohemias que somos— nos atrevimos a invertir más, es decir, en museos y arte. Por cierto, advertimos de antemano a quien esté lleyendo esto que no venimos a proponer un tratado excelso acerca de la monotonía cromática del Louvre, sino algo un poco menos tangible pero no por ello menos real.

Todo empezó, o más bien continuó, cuando nuestra condición medianamente adulta nos permitió —después de un largo camino recorrido por Dinamarca, Amsterdam y París, gracias al idioma universal de las señas— llegar a Barcelona, tierra del olivo y el vino. Anclamos en pleno barrio gitano a la media noche, botamos el equipaje en el pequeño departamento que rentamos, y nos lanzamos a encontrar un lugar —el que fuese— para saciar el hambre ocasionado por la dieta limitada de aeropuertos y ciudades acostumbradas a comer embutidos y baguettes, sin ni siquiera untar aguacate o agregar chipotle a su vida (¡¿KHA?!). A la mitad de una pequeña plaza, en un rincón que aún albergaba borrachos y viajeros —o viajeros borrachos— un cocinero catalán nos sirvió, a medio regañadientes, lo único que le quedaba: papas bravas y unas alitas enchiladas. Para nosotras, estos platillos fueron un glorioso manjar de diosas, pues es bien sabido que todo mexicano, eventualmente, necesita cargar su dosis de vitamina capsicum cuando viaja al extranjero.

En fin, con la barriga contenta y los párpados a media asta, volvimos a nuestra casa improvisada y caímos tan profundamente dormidas que ni tiempo de soñar tuvimos. Al siguiente día, la avenida Paseo de Gracia nos aguardaba con sus edificios de “agárrate que te voy a sacar el aire a punta de fachadas”, así que no nos quedó de otra que recorrer las calles con los pulmones funcionando a medias. Tanto así, que para cuando llegamos al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), confesé, con el corazón en la mano, que estaba perdidamente enamorada de aquél rincón mediterráneo y casi se me cae al suelo cuando un patinador pasó a escasos tres centímetros de mis pestañas. Gratamente sorprendidas por aquél espectáculo de ruedas sobre el asfalto, entramos al museo, el cual decidimos recorrer de arriba a abajo y no viceversa, pues después de haber visitado más de diez museos durante el viaje, supimos que esa era la mejor estrategia tanto para nuestras piernas como para la mirada hambrienta.

Al llegar al cuarto piso, una grata sorpresa nos recibió al enterarnos que haríamos un recorrido cronológico del arte desde 1929 hasta la actualidad, a través de la colección del mismo museo. Y, para no perdernos en tremendo recuento, había en las paredes exteriores de las salas una línea del tiempo que te iba llevando de la mano por todos los momentos emblemáticos de aquellos años. Íbamos ya por los ochentas, es decir ya todos cantaban la incondicional, se vestían como Jorge Campos y veían las tortugas Ninja, cuando nos topamos con la siguiente imagen:

Buscándonos en Ellas - Revista Antidogma Universidad de la Comunicación

En la orillita izquierda había una cédula explicando quiénes eran las Guerrilla Girls y por qué utilizaban tácticas de comunicación para denunciar la discriminación hacia las mujeres en el arte. Ambas nos volteamos a ver con las cejas hasta la coronilla y una mala palabra atorada en los labios. No podíamos creerlo, llevábamos más de quince días jugando a encontrar mujeres artistas en todos los museos que habíamos visitado y, en casi todos, habíamos salido derrotadas al no encontrar ni un sólo nombre en las cédulas de miles de cuadros colgados en cientos de paredes. Ahí, frente a aquel póster de hace casi treinta y cinco años, nuestro juego dejaba de ser un juego y pasaba a ser una realidad tajante, sin sentido, absurda como lo es cada una de las realidades que las mujeres vivimos día con día. Fue una cubetada de agua helada que nos hizo darnos cuenta que buscándonos en el nombre de una cédula —y por “buscándonos” me refiero a que anhelando encontrar el nombre de una mujer que nos representara, alguien en quien poder recargar nuestros más trillados sueños de ser más que una carita bonita abnegada al hogar y a la familia— acabábamos siempre embelesadas frente a un desnudo.

Volvimos a leer la frase de la imagen, pero esta vez en voz alta y traducida a nuestro masticado castellano “Menos del cinco por ciento de los artistas en el MET son mujeres, pero el ochenta y cinco por ciento de los desnudos son femeninos.”

Las dos soltamos la mala palabra que teníamos atorada en los labios y entonces, solo entonces, comprendimos que mujeres en el mundo del arte sobran pero que, en los lienzos, pareciéramos estar limitadas al pasivo papel de “musas”, sin tener derecho de estar frente a ellos con pincel en mano. O quizás sí, sólo que como lo aseguraban las Guerrilla Girls, las mujeres fueron y siguen siendo mandadas a la banca, ahí donde calladas y sin armar barullo son amadas, fruto de los más bellos lienzos pintados en la historia de la humanidad. Y pues CHALE. Disculpen por no encontrar mejor palabra para describir cómo nos sentimos, pero agárrense que no todo estaba perdido como creímos.

Buscándonos en Ellas - Revista Antidogma Universidad de la Comunicación

Seguimos con nuestro camino y para cuando terminamos la exposición, el hambre había depositado el nombre de Guerrilla Girls en el fondo de nuestras buenas conciencias. Famélicas salimos en busca de las mejores tapas de todo Barcelona, no sin antes encontrarnos con los ojos celestún¹ de una vieja amiga que vive desde hace tiempo en esa tierra. Y es que, si no fuera por su pasatiempo de cazar rincones mágicos, no habríamos puesto pie en el Parc de la Ciutadella — así en catalán, porque no por nada tomé clases en Duolingo—, ni contemplado a un malabarista frente al arco del triunfo, ni a los surfistas a la orilla de la barceloneta, tampoco habríamos asistido a una cata de vinos, ni cenado en la terraza de lo que alguna vez fue el hospital donde murió Dalí, y mucho menos habríamos entrado al sótano de una vieja casona que escondía la voz de jazz más deliciosa que jamás hayamos escuchado.

A la mañana siguiente, o quizá diez días después —en Barcelona el tiempo no existe—, decidimos trepar a la punta más alta de Montjuic, pues estábamos decididas a tener todos los sellos de los museos que incluía nuestro maravilloso pasaporte del arte, y la Fundación Miró junto al Museo de arte de Catalunya eran las últimas paradas para conseguirlo. Sin embargo, a dos pasos de subirnos al teleférico, nos enteramos que este estaba cerrado por mantenimiento. A pesar de aquel pequeño obstáculo en nuestro plan, concluimos que no podía ser más difícil que trepar las pirámide del sol ya que, además, traíamos encima un termo lleno de vino y bocadillos. ¿Qué podía salir mal? Nada, por supuesto que nada, al contrario, nos topamos con una preciosa vista panorámica donde pudimos ver la ciudad entera e, incluso, un poquito más: ahí donde el mar le da besos de espuma a sus orillas.

Agotadas decidimos parar en un pequeño local y tomarnos una caña-limonada —seguimos sin saber si nos gustó— mientras contemplábamos la Sagrada Familia jugando a tapar el sol. Una vez cargada nuestra energía, continuamos cuesta arriba y conseguimos al fin llegar a la Fundación Miró. Todo bien por aquí, todo bien por allá, subimos, bajamos, volvimos a subir y cuando creímos que ya habíamos acabado, se nos atravesó un nombre que nunca habíamos escuchado pero que llevábamos dieciocho días, cinco horas y cuarenta y dos minutos buscando: Lina Bo Bardi. No, perdón: Lina Bo Bardi. Digo, si por fin encontramos una mujer artista, que sea con negritas, ¿no? Y ya que estamos ahí que sea en mayúsculas. LINA BO BARDI, arquitecta moderna italo-brasileña, imparable, loca y soñadora, de esas que una anda buscando como referente para comerse al mundo, ¡qué va!, para atragantárselo, así como ella lo hizo hasta el último día de su vida, asegurándose de dejar una marca permanente, indeleble, inamovible en su paso por la tierra. Y es que Lina Bo Bardi produjo teatro, cine, artes plásticas, escenografía, diseño de mobiliario y construyó muchos, muchísimos edificios, entre ellos el Museo del Arte Popular donde, por cierto, participó en la curaduría de diversas exposiciones.

En la última sala nos emocionamos como dos crías al poder participar en una actividad llamada “Las casas de Lina”. Las reglas del juego eran sencillas, a través del collage, una de las herramientas favoritas de Lin —por ser un vehículo íntimo de expresión— todos los visitantes del museo creaban espacios ficticios, podían ser desde cocinas, plantas, familias enteras o tan sólo integrantes, y al finalizar debían pegar su cachito de imaginación en las paredes para entonces transitar a través de una obra de arte colaborativa, como la vida misma.

Salimos por la puerta enamoradas de tremendísima mujer, nos volteamos a ver con una sonrisa que llegaba hasta México y, a mitad de un suspiro alegre, concluimos con esperanza optimista que no todo está perdido. Pues así como Lina Bo Bardi se apropió del espacio en un mundo de machos, todas podemos conseguirlo. Es hora de salir y tomar lo que por derecho nos corresponde, de atrevernos a romper la cajita de cristal donde habitamos como musas para alcanzar una condición mucho más bella y completa: la de creadoras.

1. Mi amiga tiene los ojos del mismo azul que las aguas de Celestún, una localidad yucateca conocida por sus mágicos cenotes.

*Fernanda Díaz es escritora y productora audiovisual. Sus cuentos y artículos han sido publicados en varios medios, entre ellos la editorial Endora.
Actualmente cursa un diplomado de literatura en la escuela para escritores, SOGEM, mientras escribe su tercera novela y un guión cinematográfico.

**Daniela González Ortiz estudió la licenciatura en Comunicación y gestión de la cultura y las artes y la maestría de Educación y comunicación ambiental,
en la Universidad de la Comunicación. Es fundadora del Colectivo Cultural Le Mat en donde gestionó más de 10 exposiciones multidisciplinarias.
Actualmente coordina 8 grupos representativos culturales y coordina la galería al aire libre “Coordenada Azul” de la Universidad La Salle México.