Texto y foto: Selene Ramírez Gómez*

 

Varias generaciones de diseñadores mexicanos educamos el ojo entre museos y libros de arte, mercadillos y artesanías; entre carteles, rótulos, fiestas patronales, tiras cómicas, gráficas populares y sus derivados. Digo esto de quienes forjamos el ojo antes y durante la transición de lo analógico a lo digital. Y es que, si bien Internet amplía nuestra ventana al mundo y nos acerca con un click a las tendencias, el mundo de lo popular (ese que digiere y economiza las tendencias que marca el diseño de élite) es el acervo en donde muchas veces se encuentran las chispas de originalidad de las que se alimenta, a su vez, ese grupo que marca la línea de lo que se produce.

La cultura popular, espejo de nuestro devenir como sociedad, es mestiza por antonomasia. Reflejo de ello son las artesanías, obra de artesanos que llevan consigo la tradición de los antepasados, de los abuelos, y cuyas particularidades son consecuencia expresa del sincretismo de la riqueza natural, social y religiosa de cada región. Sin embargo, esa cultura popular también la encontramos en las grandes urbes y en las necesidades modernas de comunicación, utilidad y reconocimiento de sus habitantes.

El Centro Histórico de la Ciudad de México, enclave en el que siempre se lleva a cabo el Abierto Mexicano de Diseño, ofrece un conjunto de joyas arquitectónicas que conviven en surreal equilibro con ruinas resucitadas de engranajes hechizos que, pese a no funcionar las 24 horas, engañan al ojo inexperto con la ilusión de nunca dormir. Así, en unas cuadras, conviven la élite, lo popular del barrio y una muestra representativa de la cultura del país. Entre edificios, bodegas, restaurantes, museos, tiendas y callejones, la población local y la visitante puede encontrar todo cuanto busca, lo que no espera encontrar e, incluso, aquello que ni siquiera imagina que exista.

La cultura popular mexicana suele ser refrescante e hilarante porque la creación que surge de este contexto suele no estar planeada, sino que simplemente soluciona problemas del día a día con ocurrencias genuinas y espontáneas. Esta cultura ha legado al diseño mexicano (aunque sin testamento de por medio) su depurada técnica artesanal así como el afán de solucionar lo del día pero con sensibilidad: el triciclo del tamalero ‘tuneado’ con luces neón; la mesa de la comida corrida pintada hasta que hace costras color pistache; el buró de huacal, signo innegable de la primera mudanza e independencia de la casa materna, etc.

Allá por el año 2000, se reconoció en su justa medida a lo popular como raíz cuya savia ha hecho explosión a través de lo kitsch. Ecos de esto se encuentran en el Libro Sensacional de Diseño Mexicano, una colección de los tipos de imprentas populares, rótulos, patrones de manteles de plástico y luchadores, entre otros elementos, que puso por todo lo alto dichas manifestaciones. Desde entonces el diseño mexicano ha buscado su propia voz y ha ido transitando del simple retomar lo kitsch y lo popular, a deconstruir materiales, formas, usos, y colores, para producir un nuevo diseño aplicado a nuevos y estilizados soportes.

Ya veremos qué maravillas encontramos este año en los recintos del Abierto y las calles que nos llevan a éstos.

*Es artista gráfica egresada de la carrera de Diseño de la comunicación gráfica de la UAM Azcapotzalco. Alguna vez participó en el Abierto Mexicano de Diseño haciendo una muestra de trabajo en vivo en una de las mesitas de mármol del Palacio Postal, y es habitante del Centro Histórico de Ciudad de México.

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