Texto: Alma Cardozo Martínez*
Foto: Rafael Anaya


Quizás uno de los
versus más implantados en el mundo de la creatividad sea el que intenta separar al arte del diseño. Del arte, se dice, es propia la creación de experiencias subjetivas y desinteresadas, belleza pura que a veces se antoja inútil. Al diseño, por otro lado, se le señala como estrictamente funcional, de responder a lo inmediato, o a un gusto mundano. Barreras conceptuales que durante el siglo XX se fueron haciendo grandes al punto de parecer infranqueables. Pero no en todos los casos, no en todas las miradas.

Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, hablaba ya en 1919 de la necesidad de producir todo desde el diseño, por ser una forma de trabajo creativa y consciente de las formas de vida propias de las sociedades modernas. Al aprovechar la tecnología, pero mantener la creatividad artesanal, el diseño lograría plasmar la identidad de grupo en los objetos y alcanzar a un amplio público. Arte, diseño y artesanía podían y debían fusionarse para construir en su totalidad los espacios de la vida de los sujetos modernos.

Herederos directos de las ideas de la Bauhaus, arquitectos como Mario Pani o Luis Barragán y diseñadores como Clara Porset, procuraron en México la idea de la obra total a través del diseño de la vida moderna. Así, aunque durante la modernidad industrial, la idea del diseño como una práctica que permite experiencias estéticas en lo cotidiano fue poco visibilizada, siempre ha estado latente.

En el siglo XXI, entendemos que muchas de las categorías y conceptos con los que operábamos para definir, separar y distinguir las cosas, las prácticas y a las personas, deben ser repensadas con urgencia. En este sentido, desde el campo del arte se busca restaurar ese vínculo con la artesanía y el diseño para promover una relación más horizontal y democrática de los términos.

Por todo lo anterior, no es poca cosa que la Sala Nacional del Museo del Palacio de Bellas Artes albergue la exposición Pop, Populista, Popular: el diseño del pueblo, como la cereza del pastel del Abierto Mexicano de Diseño de este año. Las implicaciones políticas de esta exposición apuntan lógicamente a revalorar aquellos conceptos que señalan un modo de hacer, transformar, solucionar, y a final de cuentas, diseñar, el mundo en el que todos vivimos.

Los diseños que integran esta muestra están organizados siguiendo tres lógicas: el pueblo diseña, que reúne objetos utilitarios fabricados por no-diseñadores, demostrando que para dar forma a nuestro entorno no es necesario un título profesional. En diseño para el pueblo encontramos el trabajo de profesionales que se abocaron a dar solución a necesidades de todos. Y, finalmente, las piezas agrupadas en diseño del pueblo proponen una reflexión sobre el término “el pueblo” a través de objetos que dan cuenta de la(s) identidad(es) que se contienen en México.

La propuesta de lectura, selección de piezas y entramado discursivo de la exposición se articula a través del curador invitado Mario Ballesteros en colaboración con Tony Macarena. Mediante piezas de más de 100 creadores mexicanos y extranjeros, y de objetos provenientes del acervo del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas (INPI), la exposición apunta especialmente a una reapropiación del Museo del Palacio de Bellas Artes, institución simbólica del arte nacional, a partir de un uso diferente de los conceptos, de los objetos y de los espacios oficiales para la cultura.