Texto: Zavel Castro* y Davo Herrera** Foto: TransLímite

Aún cuando parezca que es el tema de moda y que todos hemos llegado a un consenso con respecto a las cuestiones de género, lo cierto es que día con día nos enfrentamos a realidades complejas que demandan una observación más puntual sobre el tema. En ese sentido, el intercambio constante de puntos de vista, la puesta en común de perspectivas, el desarrollo de miradas capaces de captar tanto las luces como las sombras y la disposición para la autocrítica son ejercicios necesarios que aunque que no den como resultado una respuesta inmediata, ni una conclusión o una postura cerrada ante el estado de las cosas, dejan de manifiesto la profundidad del asunto y la disposición al diálogo.

Las expresiones artísticas, entre ellas las artes escénicas, se han constituido como espacios para la reflexión a partir de la representación de nuevas maneras de comprender las identidades sexuales y las relaciones de género en tanto construcciones sociales artificiales y dinámicas, susceptibles a la deconstrucción. Así, existen obras que polemizan la concepción de mundo impuesta por el orden dominante, específicamente por el sistema patriarcal. Muestra de ello son las y los hacedores escénicos que han concentrado sus esfuerzos en la exploración del condicionamiento genérico al que todos nos encontramos sujetos, exponiendo mediante ficciones las consecuencias de esta sujeción.
En 2019, una de las tendencias teatrales fue precisamente el abordaje de la temática de género. Sin embargo, sólo unas cuantas puestas en escena intentaron ahondar y explorar elementos impopulares, reconfigurando el discurso popularmente aceptado (mainstream) e introduciendo al debate temáticas y personajes que, para algunos, podrían resultar “irrelevantes” por representar identidades minoritarias o marginales que, normalmente, no son visibles ni tienen voz. La atención a estos sectores y conflictos se comprende como un trabajo creativo disensual y su potencia radica en la posibilidad de alterar las divisiones simplistas que alimentan las discusiones habituales en esta materia. Más allá de señalar “lo que está bien” y “lo que está mal”, estos productos artísticos reconocen la importancia de enfatizar los aspectos antipáticos del debate.
El ejercicio artístico puede provocar cambios en la estructura comunicativa alterando dentro de las ficciones los lugares establecidos y desarticulando aquello concebido como popular. Así, lo que está de moda, lo que es aceptado, deja de estarlo para dar lugar a la expresión de aspectos ocultos, negados o prohibidos. De tal suerte que algunas formas del quehacer artístico desestabilizan lo cotidiano y lo consensual, y generan nuevos códigos dentro del ciclo de comunicación social, ya que este proceso termina una vez que el mensaje obtiene un uso intencionado de los signos y señales, es decir, una vez que los receptores han entendido su significado.
Según nuestra percepción, entre las producciones más representativas de esta corriente disidente se encuentran dos espectáculos de cabaret de Minerva Valenzuela. El primero, Los caballeros las prefieren presas, cuestiona la noción de justicia dentro del sistema penal así como la diferenciación social de su aplicación en función del género de el o la “criminal”; el segundo, ESCORTita la vida, dignifica el trabajo sexual a partir de retratar la prostitución como una realidad dada, liberándola así de los prejuicios que justifican su invisibilización e incomprensión. Otra obra que comparte este objetivo es Nuestro cuaderno rojo (basada en el libro My little red book de Rachel Kauder Nalebuff), dirigida por Alejandra Ballina y escrita por Claudia Romero. La intención de esta puesta en escena es posicionar la menstruación como un asunto de interés público, contrario a su relegación al ámbito privado por su supuesta relación con lo vergonzoso.
La intención de sacar a la luz estos asuntos es sacudir a la audiencia de los tabúes nutridos por la ignorancia y la intolerancia. Estas ideas erróneas y malintencionadas que provocan reacciones viscerales e instintivas, y que se accionan mediante la violencia física, medio que han utilizado los hombres desde el inicio de los tiempos como herramienta de dominio sobre otras personas. Y es que, generalmente, quienes han sufrido estas agresiones han sido las mujeres, víctimas de este mecanismo de crueldad en el espacio doméstico, tal como denuncia Un beso en la frente, adaptación de Jimena Eme Vázquez del texto homónimo de Esther B. Del Río González, y dirigida por Isabel Toledo. Porque, aunque este problema ha sido extensamente retratado en distintos medios y formatos, la importancia de esta pieza en particular radica en su tratamiento. Puesto que al ser planeada para atender las necesidades del público conformado por estudiantes de nivel medio y superior de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), las creadoras implementaron estrategias para dirigirse a éste de manera frontal y empática, sin recurrir al modelo del teatro didáctico. Toledo, Eme y Natalia Sedano (la genial diseñadora del espacio y del vestuario) integraron recursos performáticos con los que no solamente resolvieron su puesta, sino que también innovaron el panorama teatral que ya resultaba algo anquilosado, repetitivo y monótono en cuanto a lenguajes se refiere.
Compartiendo este ánimo de actualización, Myrna Moguel y César Enríquez idearon Fierce (Fiera). En ella, la renovación consiste en la modalidad expresiva elegida para manifestar la preocupación por un tema que parece haber pasado de moda: el contagio del VIH. Los actores y actrices que participan en ella aprovechan el poder contestatario del voguing para reactivar el sentido de urgencia de la prevención de las enfermedades de transmisión sexual. Todo esto sin caer en la victimización del protagonista y celebrando, en cambio, su valía y resiliencia.
La redefinición de la vulnerabilidad como manifestación de fortaleza nos obliga a replantear las actitudes que adoptamos frente a las personas que consideramos “diferentes” ya sea por su estado serológico, por su preferencia sexual o por su identidad de género. Este último punto es abordado por The Shakespearean Tour de Mariano Ruiz, espectáculo de cabaret que señala la intolerancia y el machismo de nuestra sociedad ante todo aquello que desobedece los parámetros impuestos por el conservadurismo (y su lógica retrógrada). El montaje de Parafernalia Teatro defiende el derecho de existir de las personas que se identifican como dualistas, queer o binarias, así como del resto de las identidades que conforman el arcoiris LGBTTTQIA+, representándolas con todo el glamour y distinción que merecen.
La realización y presentación recurrente de proyectos como los que hemos enlistado podría contribuir a la diversificación y problematización el panorama de lo que entendemos como expresiones de género. Sabemos que la diversificación y normalización de estas identidades será un proceso lento. Pero a medida que estos esfuerzos implementen estrategias de focalización (targeting), es decir, que hagan uso de herramientas y técnicas persuasivas diseñadas específicamente para la generación y atracción de públicos conscientes y empáticos con la causa dentro de los espacios escénicos, esta reflexión incidirá concéntricamente a círculos sociales más amplios de forma natural. Porque no podemos olvidar que la mejor publicidad es de boca en boca, y la transmisión de información tras la experiencia vivida en una obra se ejecutará del mismo modo en que compartimos, por ejemplo, lo aprendido en un libro o en una película hasta llegar a conformar un inconsciente colectivo otro.
El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: Darío Castro

El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: PinPoint

* Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Maestrante en estudios de Performance.
** Comunicador teatral, Senior Marketer y profesor de la Universidad de la Comunicación.