Texto y fotos: Vivian E. García Reyes*

Corren tiempos extraños en los que se ha vuelto un lugar común señalar que nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema capitalista, como si nuestras imaginaciones encontraran un límite infranqueable a la hora de esbozar otras maneras de organizarnos tanto a nivel social como subjetivo; parecería que no hay opciones ni horizontes utópicos frente a un modo de producción que, una vez borrada su historicidad, se antoja eterno, sin principio ni fin. En este sentido, me parece necesario resaltar que esta limitación aparente se entrelaza con otra igualmente problemática, incluso dentro del campo de la producción artística y cultural, que es el que aquí nos convoca.

¿A qué me refiero? Mantengamos por un momento el suspenso y, tomando como excusa la ciencia ficción, pensemos en uno de sus escenarios más conocidos, por ejemplo, en la literatura, el cine o en los servicios de streaming: nos encontramos con un futuro en donde la tecnología ha avanzado exponencialmente, permitiendo la creación de automóviles voladores, robots humanoides independientes, vastas y poderosas inteligencias artificiales, increíbles progresos médicos y prótesis cyborg, entre muchas maravillas más. Pero bajo las deslumbrantes luces neón de estos futuros posibles, además de las inamovibles relaciones de clase, ¿qué es lo que siempre perdura? Simple: las representaciones de los sujetos de género¹, aquellas que producen la rígida frontera entre lo que se supone debe ser una mujer y un hombre, siempre contrapuestos en sus aspiraciones y formas de existir, además de las desiguales relaciones sociales que se establecen entre ellos.

Así, la naturalización hegemónica y opresiva de las categorías y representaciones del género contra la que los feminismos y las disidencias sexuales siguen luchando, se levanta como otro límite a nuestra imaginación, dificultando la creación de visiones alternativas que propongan maneras de organizar el género de manera novedosa, liberadora y alejada de los signos de la dominación machista, quizás inclusive visiones de horizontes utópicos donde el género no es más una realidad humana relevante. Otra pieza que se puede observar es Punto Básico, videoinstalación de una silla amarilla cubierta por un estambre del mismo color, sobre un camino hecho del mismo material, que nos lleva a una pantalla en la que se muestra el proceso de cómo fue tejida a mano. En sus obras, la tecnología más que una fuente de inspiración es una herramienta deliberadamente elegida como “el medio” para transmitir un discurso. Grace Quintanilla entendía el espacio virtual como aquél en donde el artista podía expresar un discurso, transmitiendo sus emociones y juicios. Así, un año de la partida de Grace, en Fábula familiar tenemos la oportunidad de adentrarnos en su trabajo creativo a partir de la piezas arriba descritas, pero también a partir de las miles de fotografías de su cuenta de Instagram que esta muestra compendia y en las que la artista narra y devela tanto su historia como la importancia que para ella tuvo la tecnología en tanto arma subversiva capaz de promover nuevos paradigmas en nuestra sociedad.

En el momento histórico en el que nos encontramos, en donde la imagen reina suprema y su reflejo se multiplica mediante un sinnúmero de pantallas que han invadido tanto nuestros espacios sociales como los rincones más recónditos de nuestra intimidad, no podemos obviar el poder creador y trasformador de subjetividades presente en las representaciones artísticas del género, especialmente en aquellas que, por su carácter alternativo y desafiante, pueden representar un punto de resistencia frente al statu quo del género.

Afortunadamente, el atolladero que tanto dificulta la creación de visiones alternativas en donde el género se ordena de maneras inimaginables para la mirada masculina, aún dominante en los diferentes campos de la producción cultural, no es del todo infranqueable. Si vamos más allá de los confines del consumo masivo, resulta posible encontrar tentativas que asumen el riesgo de imaginar otros horizontes de posibilidades. No debe sorprender que, en esta veta de creación rebelde, sobresalgan propuestas de creadoras feministas, como la obra literaria de Monique Wittig –Las guerrilleras, por ejemplo–, fiel a su proyecto político de desmitificar y subvertir las categorías de la matriz heterosexual, urdiendo lenguajes que desbordan el marco del sexo/género binario; la novela de ciencia ficción feminista El hombre hembra de Joanna Russ, con sus entrecruces dimensionales capaces de esbozar formas divergentes de organizar el género, o la inclasificable obra de Gloria Anzaldúa, la cual no sólo desdibuja las fronteras entre la sexualidad, el género y la raza, sino también aquellas que separan la poesía del ensayo, y la autobiografía de la teoría.

Ante este panorama complejo, una de las preguntas más apremiantes podría presentarse de la siguiente forma: ¿con qué estrategias contamos para lograr que las representaciones del género alternativas y divergentes puedan ser socializadas de manera más amplia, invadiendo las pantallas del mundo y evitando que se agoten en los reducidos circuitos especializados del arte y la academia? He ahí el desafío.

*Psicóloga y Maestra en Estudios de la Mujer de la UAM Xochimilco, además de creadora de collage y panoramas digitales.

¹Concepto que retomo de Diferencias. Etapas de un camino a través del feminismo de la teórica Teresa de Lauretis.