Texto: Carolina Alba Guzmán*

La séptima edición del Abierto Mexicano de Diseño (AMD) acaba de llegar, como cada año, al Centro Histórico de la Ciudad de México. Este encuentro da visibilidad y voz a los proyectos más relevantes de diseño nacional desde 2013, y su objetivo es presentar al diseño como “una herramienta que responde a problemáticas culturales, sociales, ambientales, económicas y políticas”. En esta ocasión el eje temático central será lo popular en el diseño y su importancia en el día a día.

La relevancia actual del diseño en México (y su capital) es innegable. Con más de 50 años como carrera profesional en el país y a 10 años ya desde la primera versión del Design Week México, el diseño se muestra hoy en museos y ferias de arte. Por si fuera poco, el reconocimiento de la Ciudad de México como World Design Capital en 2018 no deja margen para dudarlo, por el contrario, nos exige un ejercicio de reflexión, en tanto académicos, estudiantes, productores profesionales (e informales), consumidores y ciudadanos.

Pero ¿qué pensamos cuando hablamos de diseño? ¿Vemos al diseño como concepto, como disciplina o como potencia en su máxima expresión? La tarea primaria del diseño dentro del sistema económico puede ser la continua representación de la transición entre el producto y el consumo, un recurso creativo en un terreno de acción. La resolución de un problema/ necesidad a través del diseño puede ser una idea, un objeto o un entorno, al que se llega través de estrategias innovadoras, estudiadas, heredadas, improvisadas, adaptadas o reusadas. Hasta este punto la distinción entre un diseño profesional y un diseño popular, artesanal o vernáculo podría confundirse. Quizá la diferencia debiera enfatizarse en sus procesos y sistemas de producción (investigación, concepción, recursos, tecnología, evaluación/calidad, distribución, etc.), así como en sus alcances comerciales o hasta globales. Sin embargo, la cuestión que debiera importarnos más en ambos casos es si generan un cambio o transformación benéfica en nuestro cotidiano.

La Ciudad de México, que alguna vez fuera descrita por Carlos Monsiváis como post-apocalíptica, requiere de un diseño que “no perpetúe disparidades”, que sea más “horizontal, accesible, diverso y resiliente” como bien lo plantea el curador del AMD de este año Mario Ballesteros. Por si fuera poco, se espera que el diseño provoque cierto empoderamiento. En ese sentido, en una ciudad como la nuestra, que ha sido escenario y megáfono de dolorosas y urgentes verdades en esta era de caos, ¿qué podemos entonces reflexionar sobre lo popular y el diseño hoy? Una visión menos romántica del diseño y lo popular nos puede permitir identificar algunos vicios latentes en ambos polos. Por un lado, el diseño nos ha dejado ver su ceguera o su negligencia en comprender el límite de los recursos (naturales) a favor de la infinita expansión y capitalización de las cosas, las condiciones infra-laborales reales para mejorar la relación costo-beneficio y lo superfluo o materialista de las propuestas actuales que se viralizan en el mundo virtual de las redes sociales a nivel global. Por otro lado, el no-diseño de las calles o de la super- vivencia urbana se apropia de los espacios públicos (comunes) de manera arbitraria, ambulante y flexible para vender sin filtros o regulaciones y de manera masiva productos, en su mayoría, extranjeros como comida de mala calidad y/o objetos de uso inmediato (desechable).

No obstante, lo que se busca revisar y reformular de la relación entre el diseño tradicional (lo local) y el moderno (nuevas tecnologías/tendencias) es su separación de la práctica cotidiana y sus sistemas de producción en un sentido de lógica social y política. Dicho con otras palabras, experimentamos un hacer diseño en la ciudad de manera des-politizada5. El geógrafo y urbanista británico David Harvey opina que el famoso “derecho a la ciudad”, movimiento que se popularizó en años recientes ante el fenómeno de gentrificación en las ciudades, debe ser un derecho a cambiar nosotros, cambiando a la ciudad.

Por lo tanto, podemos revalorar de los movimientos populares urbanos, la identidad compartida, el proyecto solidario, la importancia de los hábitos y la conformación de las instituciones desde una resistencia (consciente o no) a lo homogeneizador y hegemónico. Percibir y comprender a escala barrial las interacciones del día a día, las dinámicas de autogestión, las necesidades laborales y de representación cívica por una mejor calidad de vida. Y es que en la velocidad del diseñar para el mercado económico se ha perdido la creatividad y se ha descuidado el proceso de recepción y apropiación de lo que producimos, es decir, su aspecto relacional. La promesa emancipatoria del diseño, requiere de un nuevo y urgente diseño para la ciudad. Friederich von Borries (arquitecto, urbanista y teórico del diseño) reflexiona sobre la manera en que podría verse el diseño si estuviera inspirado por un acercamiento abierto, procesual, micro-político, intervencionista, comunicativo, participativo y en relación con la vida cotidiana urbana. Este proyecto de diseño requeriría entonces, metodologías de investigación y procesos creativos más experimentales, que a su vez dialogaran con otras disciplinas. Un camino muy similar a lo que las investigaciones artísticas contemporáneas buscan y/o desarrollan actualmente.

De ahí que sea importante reconsiderar al diseño como un espacio simbólico común y repensar su posible máxima expresión, para así permitirnos y obligarnos como académicos, estudiantes, productores profesionales (e informales), consumidores y ciudadanos a ser más críticos y participativos en pos de un diseño (urbano) popular transformador.

* Es maestra en Historia del arte y del diseño por la Kingston University London, académica en la UIA Santa Fe y generadora de proyectos independientes entre la investigación y la práctica artística. En 2014 fundó on/off collaboration, grupo interdisciplinario de investigación y arte.