Texto: Sara Gabriela Baz* | Foto: Banco de imágenes Shutterstock | Video: Elihú D. Nava

Ciertamente, una reflexión en torno a la política cultural pública entraña sacar del cajón y poner sobre la mesa muchas nociones que ahora es necesario replantear. Por ejemplo, las trilladas preguntas sobre qué es arte y qué es cultura. Sin ánimo de entrar en una discusión historiográfica de corte antropologista, vivimos en un tiempo en que se han planteado enunciados aparentemente bienintencionados pero que no dejan de ser cartas de promesas en abstracto para un sector tradicionalmente poco favorecido. Me refiero no sólo a que no se ha dotado de un presupuesto suficiente a la cultura desde el gobierno federal: apelo también a la necesidad de repensar constantemente en la utilidad de una actividad cultural, en la pertinencia de su promoción, en qué áreas debe ser promovida y por qué razones, en quiénes son los “profesionales de la cultura” y si su existencia deja fuera del marco normativo de la política cultural estatal a quienes no poseen ese carácter. Me refiero también a la necesidad de pensar en si es oportuna la apertura de nuevos espacios o si se debe volver los ojos a los que ya existen y demandan a gritos renovaciones infraestructurales, pago a su personal, seguridad.

Desde el inicio de su mandato, Andrés Manuel López Obrador se dedicó a dejar muy claro que la cultura, en su muy particular concepción, es la de los “pueblos originarios”. Sin definir ni explicar nada más, el presidente no nos dijo por qué la cultura que se solía promover y que indudablemente entrañaba un contacto continuo con grupos artísticos e instituciones en el extranjero, de pronto ya no entraba en el espectro de interés de lo que promovería el gobierno federal.

Si bien es cierto que, desde la fundación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1988, la promoción artística y del patrimonio histórico y arqueológico ha estado dedicada al engrandecimiento de las diferentes administraciones presidenciales, sabemos también que la presentación de exhibiciones itinerantes por países de Europa y América ha favorecido la confianza e incentivado la inversión en otras áreas sustantivas de la economía. México, a partir de su legado cultural, ofrecía una imagen de solidez que se constituía como un apoyo indiscutible en las tareas diplomáticas. Claro que esto no es todo lo que debe ocupar la atención de un gobierno en materia cultural: la promoción de la creación y circulación de obras en el interior es fundamental; la construcción de públicos críticos que interpelen a los creadores y a las instituciones es una tarea de las que presentan más rezago; la revisión y acometimiento de las necesidades infraestructurales, de operación y de personal que presentan los recintos que dan servicio al público, como decía antes, es un imperativo.

Desde luego, la promoción, puesta en valor y circulación de la obra producida por el sector conocido como “artesanado” es una obligación que debe encararse fuera de los marcos que dieron instituciones como Fonart. Esto nos empuja a otra reflexión: ¿se debe buscar la promoción del “arte popular” más que el del arte “culto o profesional”? ¿Tiene ese “arte popular” limitaciones en términos de producción técnica y de contenido, es decir, siempre aspiraremos a ver nacimientos, esferas o cajas decoradas? ¿Puede un sector apartado de los circuitos de formación académica producir arte conceptual o performance? El hecho de que esté planteando estas preguntas es de la mayor gravedad: al parecer, el arte que circula en Zona Maco “no podría” ser producido por sujetos sin formación artística y adscritos a otros sistemas de circulación de ideas. Marginales, pues.

Los primeros documentos sobre cultura que salieron a la luz cuando recién se supo del triunfo de López Obrador en la elección presidencial abundaban en la necesidad de llevar la acción de la Secretaría de Cultura hacia zonas del país escasamente favorecidas. Hacían hincapié en la necesidad de sumar voces y redoblar esfuerzos por hacer de la cultura un instrumento activo en el restañamiento del tejido social.

Hasta la fecha, lo único que tenemos son los escasos y ambiguos puntos del Plan Nacional de Desarrollo relacionados con la cultura, lo que convierte al destino del sector en algo preocupante, dada la percepción que esta administración tiene de él. A decir de Héctor González (“El opaco proyecto cultural del Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024”), quien escribió en junio de 2019, “será necesario esperar hasta noviembre o principios de diciembre cuando, acorde a lo estipulado en el artículo 30 de la Ley de Planeación, se cumplan los seis meses que cada secretaría tiene para presentar su plan sectorial una vez que el PND se publique en el Diario Oficial.” (https://cultura.nexos.com.mx/?p=18234) Esto aún no ha sucedido. González cita a Ernesto Piedras, para quien una gran omisión del proyecto lopezobradorista en materia de cultura es la falta de conexión entre sectores: “No veo la intención de relacionar la cultura con la educación, la economía o el comercio. Hay puras ideas básicas y aisladas. No se habla de la cultura como generadora de empleo y divisas. Me parece una propuesta dogmática, pobre y poco seria” (Ibid.)

A más de estos señalamientos, es muy cierto que no se cuenta con una política cultural definida más allá de la necesidad de hacer accesible la oferta cultural a todos, poniendo énfasis en la inclusión y en el desarrollo de la cultura de los pueblos originarios. Noticia: no se trata de una sola cultura, pues los pueblos son diversos. Además, no se hace alusión a la forma en que se recurrirá a la oferta cultual que ahora, de un plumazo, ya es marginal: la que es producida por los profesionales. Como lo señala Sabina Berman, “Las artes profesionales siguen en el tintero”. ¿De qué manera necesitamos pensar a la producción cultural de este país para generar una verdadera política de inclusión, promoción y desarrollo de comunidades? Por comunidades no entiendo a indígenas o a pueblos marginados. Todos, absolutamente todos, formamos parte de una o varias comunidades que definen y moldean sus identidades en el tiempo y a partir de sus productos culturales.

Examinemos lo que tenemos desperdigado en la mesa: un cúmulo de nociones que van aparejadas a categorías sociales que se fueron construyendo históricamente. El “arte popular” era, por antonomasia, el producido por manos y mentes que no se habían formado en una tradición “académica”, sin demeritar la experiencia que se transmite de generación en generación y que incorpora nuevos elementos técnicos y de índole representacional.

Cuando en 2017 Daniel Godínez Nivón propuso la iniciativa de hacer “Salón Munal”, un espacio de baile e inclusión terapéutica en el marco de la exposición Melancolía, un sector sumamente conservador (dentro de la misma comunidad artística, autoridades y públicos) se levantó enardecido a causa de la “degradación” que dicha actividad significaba para un recinto como el Museo Nacional de Arte. Otras voces también se dejaron oír. La otra posición se encuentra bien representada y reflexionada en el texto elaborado por Federico Navarrete (https://www.excelsior.com.mx/blog/cubo-blanco/por-que-no-se debe-bailar-en-el-munal/1178979), pensado para ser leído en el museo. En él está clara la distinción entre “culto y no culto”, entendido lo primero como producto del refinamiento y de un condicionamiento aprendido que se ha sedimentado en nuestra sociedad. Navarrete apunta a la actitud con la que la gente (culta y no culta) se aproxima a las “obras”, al “legado”. Lo que es muy claro también es que, si no se discuten los términos, y no con una mera intención de diletantismo académico, sino para emparejar el suelo en donde todos estamos parados, es mucho más difícil hacer política cultural.

Por cierto, ésa tampoco se hace “desde arriba”. Estamos acostumbrados a la pasividad, a la visita guiada, a que nos digan qué debemos entender o apreciar de tal o cual obra, a exigir que “se respete el patrimonio”. Se nos olvida que la política pública no es propiedad de las autoridades, sino que es eso, pública. La hacemos todos, todos los que decidimos involucrarnos y plantear alternativas.

* Académica de tiempo en el Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana.