Texto: Jan de la Rosa*
Foto: Cortesía El Informador Ana Elsa Rodríguez
Video: Janira y su equipo de France 24 y Miriam Cinthia Cerna Rosales

 

La historia de cómo llegamos aquí es al mismo tiempo tan conocida como completamente extraordinaria e increíble. Cómo llegamos aquí está íntimamente ligado al por qué, y tiene que ver con movimientos gestados a partir de hashtags y la supuesta “versión de unas cuantas”. Quienes se sorprendieron de nuestra llegada definitivamente no estaban poniendo atención; quienes pensaron que “esos chismes” se iban a quedar en las redes sociales como una tendencia del día cuya vida útil puede ser acortada al manipular algoritmos, no estaban poniendo atención. Aquellos que pensaron que los movimientos, colectivxs y espacios seguros nacidos detrás de las acusaciones de acoso, violación, abuso y todo tipo de vejaciones que salieron a la luz durante el 2019 iban a quedar solamente en “acusaciones infundadas” sin consecuencias, claramente no estaban poniendo atención. Ellos, quienes no se postraron ante la ola a punto de caerles encima fue porque deliberadamente voltearon hacia otro lado. No los culpo. El status quo sí que es seductor.

2019 fue el año en el que nos dimos cuenta que la voz de una sola mujer que se atreve a romper el silencio, cimbra el miedo de generaciones enteras que se dan cuenta, en un estallido, que no están y nunca estuvieron solas.

La FIL Guadalajara cerró un año tumultuoso que comenzó en marzo, con la creación y viralización de #MeTooEscritores, cuyos alcances se sintieron en todas las disciplinas creativas, humanidades, plásticas, performativas, publicitarias y se colaron hasta las aulas de las más importantes universidades del país como eco de una previa llamada de atención en forma de #AcosoEnLaU. Esta FIL iba a ser diferente porque mujeres – y personas de la diversidad sexogenérica que se identifican como tales- se involucraron en los movimientos feministas tanto para visibilizar como para buscar justicia para las víctimas de abusos machistas, acoso y hasta feminicidio que quedaron impunes desde el inicio de los tiempos. “No más”, dijimos.

En esta FIL diferente empaqué un total de 6 pañuelos verdes, con la intención de no pararme un solo día en el piso de venta sin un indicativo de mi involucramiento con el movimiento. Tenía para dar y repartir y eso hice. Mientras colectivas feministas comenzaron a recrear “Un violador en tu camino” por todo el país, la FIL se inauguró sin incidentes. Mientras los cantos recorrían ciudades donde la letra se adaptaba a cada realidad local, en la FIL comenzaron los cócteles y las fiestas; esos que muchos de los reportes del #MeToo señalan como campo minado para las mujeres de la industria. Por un momento pareció que todo aquello no tocaría la FIL y lo que el evento representaba, la súper canonización de unos cuantos. Por un momento parecía que de nuevo iba a ganar la inercia de una industria sorda a las crecientes denuncias de abusos que abundan en ella y la FIL podría consagrarse como la disneylandia de los hombres más poderosos de las letras latinoamericanas… pero definitivamente no fue así.

La convocatoria a la manifestación que se dio el día 6 de diciembre fue rápidamente replicada por nosotras, las “chicas FIL”, aquéllas trabajando en todos los niveles de la operación. Comencé el día yendo a recoger al aeropuerto a una de las autoras más reconocidas en cuanto a feminismo en este país. Le comenté que su agenda incluía una firma de libros a la misma hora que se esperaba la manifestación en la explanada general del recinto. Me miró y dijo “pues la cancelamos y nos unimos”. El resto del trayecto hacia la Expo hablamos de la importancia de la visibilización de estos movimientos, además del involucramiento de conocidas en común, y de la posibilidad de estar presenciando un verdadero cambio. No me imaginé cómo se iba a materializar horas después.

Ese día hubo dos manifestaciones: una en la explanada general y otra dentro, en el pasillo que conecta la zona nacional con la internacional. En ambas me encontré entre las decenas de filas formadas de chicas que se protegían entre sí de los cientos de cámaras, celulares y curiosos que las rodeaban. Gritos de “quítense el gafete” y “las que traen pañuelo van hasta adelante”, hicieron que me encontrara al principio de una formación, frente al cerco de periodistas; mientras, unas a otras ayudaron a tapar con prendas de todo tipo los logos de editoriales como Porrúa, Penguin Random House, Planeta, entre otros, bordados en nuestros uniformes. “Hagan el paro para que no me corran”, pidió una chica e inmediatamente otra le prestó una chaqueta de mezclilla que la volvió por un instante, anónima.

En el ensayo quedó claro por qué la letra había sido modificada para dirigirse específicamente al rector de la UDG, una universidad plagada de acusaciones a académicos no resueltas por ningún tipo de autoridad. También entonces fue claro que la manifestación no sería reprimida por los organizadores, todo lo contrario: ordenaron la movilización del cuerpo de seguridad para hacer un cerco alrededor de las chicas en formación y así asegurar su desarrollo pacífico.

La energía era contagiosa y al mismo tiempo volátil. Parecía que de todos lados salían más y más que se unían a los costados. De un momento a otro estábamos gritando a una voz consignas feministas dentro del evento más importante de la edición, traducción y comercialización de libros en habla hispana. No era poca cosa. Tomamos un espacio que hasta el momento había sido usado como arma contra nuestra dignidad como profesionales y mujeres por igual.

Cientos de medios hicieron eco a las manifestaciones, en especial a un momento de quema de libros que se dio después, fuera del recinto. Pocos mencionaron que esos libros trataban sobre terapias de conversión basadas en tortura de origen religioso y abiertamente homofóbico.

Pocos pudieron señalar que esta toma de espacio público en un momento de violenta impunidad y claro desdén hacia las necesidades de las integrantes de una comunidad tanto editorial como universitaria fue una de las cosas más poderosas que sucedió en la FIL 2019.

Por un momento pareció que todos están poniendo atención.

Entonces que se dieron cuenta que llegamos para quedarnos, que estamos entre ellos y que no nos vamos a callar porque encontrar esta voz nos costó muchísimo… y porque dejó de ser una para volverse miles.

La FIL en tu camino. Toma de espacios y reclamo de voces Revista Antidogma Universidad de la Comunicación UC

Foto: Cortesía Librería Porrúa

*Jan es editora, activista y transplatada a la CDMX desde Monterrey. Cada vez que va a la FIL jura que es la última y después regresa.