Texto: Matías Florencio*
Foto: Francesco Ungaro from Pexels

El 22 de diciembre de 1989 tuve un sueño que nunca olvidé.

Tenía yo 8 años y terminaba ese día el cuarto grado de primaria. Las celebraciones por el n del curso lectivo, que en Buenos Aires suelen ser en estas fechas, se extendieron hasta tarde en mi casa. Fue milagroso alcanzar esa atmósfera de alegría traída, en parte, por la lluvia que nos hizo descansar un poco del calor del verano y por el olvido transitorio de todos ante la complicada situación económica que vivíamos los argentinos en esos días.

Tarde cerré los ojos y pronto comencé a soñar. Sin darme cuenta, pasé de estar buscando una posición cómoda en mi cama a encontrarme admirando la belleza de lo que para mí no podía ser otra cosa que un palacio; altísimo, un tanto frío y lleno de recovecos brillantes y misteriosos.

Afuera crecían hermosas plantas y árboles típicos de las zonas donde la tierra es árida. Y adentro, también crecían árboles o al menos eso parecían: altas columnas que culminaban en inmensas rami caciones de las que colgaban hojas de todos los colores. 70

En mi sueño yo era ágil y valiente, y en la travesura de querer saber qué habría mas allá, trepaba y saltaba de rama en rama, de un lado al otro, viendo cómo eran esas hojas de colores.

Una de ellas llamó mi atención, me acerqué y vi que no era una hoja sino un libro. Lo tomé en mis manos y al querer abrirlo para ver qué contenía, un ruido retumbante me despertó. En la esquina de la casa un hombre que pasaba en coche chocó contra un sauce que estaba plantado en la acera al realizar una mala maniobra y el golpe fue tan fuerte que el árbol cayó en medio de la calle y ahí se quedó, muriendo bajo la lluvia de aquel verano.

Nunca más volví a soñar con ese palacio ni ese libro. Pero por alguna misteriosa razón de vez en cuando volvía a pensar en él.

Con los años me mudé a la Ciudad de México y en uno de los tantos paseos que solía hacer para descubrir la ciudad tuve una revelación.

Al entrar a la biblioteca Vasconcelos volví de inmediato a mi sueño de 1989. Todo era tal cual lo había soñado, las columnas, las ramas y los libros, cientos de libros suspendidos en el aire. No tuve que pensar en nada, sólo dejarme llevar, subir peldaño tras peldaño hasta la parte más alta de la biblioteca donde como en mi sueño encontraría el libro.

Y allí estaba. Pude leer en la portada que era una antología de poesía china traducida al inglés. Lo abrí, y al hojearlo me encontré con una carta escrita a mano rmada por Samuel Beckett con fecha: 22 de diciembre de 1989.

Aquí la copio tal cual fue escrita.

“Los lunes deben ser un fracaso, deben ser días para encontrarse con la penosa realidad de la existencia, para experimentar que lo que viene después de apoyar los pies en el suelo al salir de la cama va a ser seguro un tropezón o un golpe de cabeza contra la pared.

Hay que sentir cómo duele, molesta y pica la herida, cómo la frustración se disfraza de sombra y te acompaña al baño en la ducha, a la cocina a preparar el desayuno y a la mesa cuando te sientas a comer tus cereales.

Los lunes son de derrota para ti y de victoria para tus jueces internos que se encargan de decirte una y otra vez que no. De boicot, de sentirte feo, inútil, poco expresivo, ridículo y vacío.

Y luego, cuando baja el sol. Vas al teatro. Sí, en lunes. Todos los días hay teatro en tu ciudad.

En el teatro vives, y rozas el sueño, casi de cerca llega la brisa del deseo cumplido, casi de cerca sientes el aliento de la paz, casi de cerca aprecias la realización.

El teatro existe para enfrentarte al miedo y al terror, te destruye y reconstruye, te habla de las necesidades esenciales: de comer, dormir, buscar compañía, de buscar la manera de pasar la noche.

El teatro te escupe verdades y te llena los bolsillos de piedras atestadas de mentiras, para que pesen tanto que se rompan tus tejidos y caigan y te destroces los pies.

El teatro cada noche te espera. Necesita que vayas no sólo una, ni dos, sino cientos de veces a verlo para que compruebes que allí está la vibra y lo emocionante de vivir en esta ciudad que tiembla y se sacude y que nunca se queda sin un algo que decir porque aunque sea nada, en la nada absoluta siempre queda algo, algo que sigue y seguirá abriéndose camino hacia alguna parte.

Finalmente, el fracaso se va, porque te das cuenta después de ver tanto teatro de que da igual que fracases, y entonces lo pruebas otra vez, fracasando otra vez, fracasando mejor.

Siempre puede surgir un inesperado rebrote en el árbol seco: debemos seguir moviéndonos aunque no vayamos a ninguna parte, debemos seguir jugando aunque todos hayan mostrado ya sus cartas.

El con icto del teatro es el tuyo. Sonríes. Ya es martes.

En estos momentos vuelve a mí el sonido de mi propia voz «…Veía claro, en n, que la oscuridad que yo siempre había luchado encarnizadamente por ocultar era, en realidad, mi mayor aliado.»

Con el tiempo supe que el dramaturgo irlandés Samuel Beckett, ganador del Premio Nobel de Literatura en1969, famoso en el mundo entero por su obra de teatro “Esperando a Godot”, murió un 22 de diciembre de 1989 a los 84 años, en un retiro de ancianos en París, y que en un gesto de amor le entregó el último libro que leyó a su cuidadora mexicana, quien, en uno de sus viajes para visitar a su familia en México, lo dejó en su casa junto a otros libros, y que al morir esta, su hermana que era funcionaria del estado lo donó a la biblioteca.

Samuel Beckett le regaló el libro de poesía china a su cuidadora con quién sabe qué idea, quizá con la de hacer que sus palabras volaran, libres y al azar hasta llegar a ti.

El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: Darío Castro

El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: PinPoint

* Matías Florencio es pedagogo, lólogo e investigador de las artes escénicas así como profesor de la UC, donde imparte clases en las carreras de Animación, y Comunicación y gestión de la cultura y las artes, desde el 2015.