Texto: Hilario Arreola Sánchez*
Fotos: Banco de imágenes Shutterstock

El sábado 20 de abril de 2019 arribé a Paris y después de mil peripecias ocasionadas por los bloqueos y cierres de calles a causa de las protestas de los Chalecos Amarillos —quienes cada sábado, desde hace 26 semanas, realizan sus manifestaciones en diferentes partes de la ciudad, motivo por el cual muchos comercios cierran sus puertas y se acordonan las calles que rodean al Palacio del Elíseo, donde reside el Presidente Macron—, llegué a mi hotel ubicado en la Rue Faubourg Saint Honoré. Huelga decir que, por estar a solo dos cuadras del Palacio, tuve que enseñar a los guardias mi reservación y mi pasaporte antes de que me permitieran el paso.

Después de instalarme y para reponerme del jet lag, me dispuse a realizar una caminata desde el hotel hasta l’Île de la Cité, para ver, en vivo, cómo había quedado la Catedral de Notre-Dame después del incendio. Me fui caminado por toda la orilla del Sena con la intención de llegar lo más cerca posible del insigne edi cio. Obviamente, toda el área estaba acordonada y lo único que pude hacer fue un recorrido por el Quai aux Fleurs y el Quai des Orfebres que rodean la isla. Me recargué sobre el pretil del Pont Neuf y mirando las torres de la Catedral, me puse a repasar los acontecimientos del desastre:

Lunes 15 de abril, 18:50 hrs. Un incendio se inicia desde los andamios colocados a los costados de Notre-Dame de París. Una espectacular columna de humo se eleva en el aire. En pocos minutos el fuego se propaga por el techo construido totalmente de madera, y amenaza vitrales y reliquias contenidas en su interior.

Las cadenas televisivas de todo el mundo transmiten en vivo el suceso. Turistas, incrédulos, observan las llamas. Alrededor de las 19:50 hrs., la punta de la echa de 93 metros diseñada por Viollet-le-Duc cae estrepitosamente. La caída no es solamente material, el golpe se escucha en el corazón de la historia del mundo. La catedral más visitada del mundo —12 millones de visitantes al año— está amenazada de colapsar. 400 bomberos, sacando agua del Sena, intentan apagar el incendio de la joya del gótico, con La primera piedra para su construcción se colocó en la primavera de 1163 y ya para 1260 estaba casi construida en su totalidad. Pero no fue sino hasta 1435 cuando quedó totalmente terminada.

Dentro de la Catedral no sólo se encuentran un pedazo de la cruz de Cristo, la corona de espinas, las vestiduras de san Denis y de santa Genoveva, sino que ahí también están las huellas indelebles de la historia de más de 850 años. La coronación de Napoleón, en 1804. También la canonización de Juana de Arco en 1909, después de que la misma Iglesia Católica la quemara viva por “hereje”, en 1431. Lo mismo sucedió con la quema de Jacques de Molay, el gran maestro templario.

Mientras repasaba los acontecimientos históricos, dentro de mi interior algo se resquebrajaba al ver lo que quedaba de esta maravilla. Por fortuna, el fuego respetó las esculturas del pórtico oeste y sus dos torres. Macron dice que la reconstrucción se llevará a cabo en cinco años, y anunció que ya había donaciones por más de 100 millones de euros. Ahora la cuestión de saber quién o quiénes fueron los responsables pasa a segundo plano.

Después de empaparme de nostalgia, regresé a mi hotel con la esperanza de que, como el Ave Fénix, la Catedral de Notre-Dame resurja de sus cenizas renovada y que las gárgolas, quienes cobraron vida cuando quemaron a Juan de Arco, estén muy atentas para que no se repita otro incendio, y existan otros Víctor Hugo que canten sus glorias.

*Hilario Arreola Sánchez estudió Humanidades en el Claustro de Sor Juana, Publicidad en la agencia Ferrer, y una maestría en literatura en la UNAM. Imparte el Taller de Literatura, Técnicas de Redacción, y Corrientes Literaria en la UC a nivel licenciatura, y Periodismo Literario en maestría.