Texto: Adriana María Urso*
Fotos: Cortesía Centro de la Imagen Video: Esperanza Islas Arroyo
Provocador y disruptivo, antielitista y periférico, el arte acción suele apelar a la emoción y a la conexión real en tiempo presente. Como espectadores de una performance, abandonamos nuestro rol pasivo y nos involucramos en situaciones que pueden resultar incómodas o provocativas, pero que actúan como interruptor que hace saltar la reflexión personal. Tal es el caso de la artista y activista cultural Lorena Wolffer quien, desde 1992, ha hecho frente a la visión patriarcal desde lógicas artísticas feministas. Así, mediante acciones políticas de resistencia y subversión, su labor ha visibilizado aquello que ha permanecido oculto, apuntando siempre a los silencios de una sociedad machista. Como ella misma lo manifiesta, “la vía de entrada al pensamiento feminista fue el performance, que posibilita un diálogo con el público, una interacción en la que puedes ir conversando con éste a partir de cómo responda”. Al romper las barreras entre la artista y el espectador, Wolffer explora los múltiples significados del cuerpo “como sujeto y objeto de la obra”, y busca entender “lo que significa en México tener el cuerpo de una mujer rubia, blanca, alta y de ojos verdes” y hacer arte acción.
En una interesante y amena charla con la artista, ANTiDOGMA se adentra en el relato de su vida y obra, explorando la relación entre arte y sociedad. Creció en una familia de intelectuales y su interés por el arte comenzó con la pintura (aunque confiesa que los talleres tradicionales no eran lo suyo) hasta llegar al performance. Esta disciplina le permitió “experimentar con los límites de mi cuerpo al someterlo a una serie de condiciones como la autotortura para observar cómo reaccionaba la gente”. Su primer performance en 1992 consistió en bañar su cuerpo con sangre de vaca para, por un lado, reivindicar el poder de la sangre como elemento vital, y por el otro, hacer una crítica expresa a la historia del performance mismo, aquél que busca solo horrorizar o shockear al público.
En 1997, viviendo en San Francisco, Estados Unidos, Wolffer voltea a ver a México con una perspectiva distinta que le permitió “trabajar con mi cuerpo como analogía del territorio y hablar a través de él sobre lo que sucedía en el país”. Y es que desde su posición de mujer “ni chicana, ni méxico-americana, sino de una mexicana trasladada a otra realidad” desrrolló una mirada bifocal en torno a los derechos o realidades de las mujeres. Así, en la performance Territorio mexicano su cuerpo se convierte en una metáfora de México y refleja la indefensión de la mayoría de los ciudadanos, especialmente de las mujeres, ante la crisis económica y social que atravesaba el país.
En muchas de sus performances, la artista lleva al espectador a observar un cuerpo femenino torturado (el suyo), lo cual funciona como vehículo de denuncia en una sociedad que suele determinar e imponer prejuicios y estereotipos con sesgo machista. En esta línea, lleva a cabo actos como Úteros peligrosos en el que expone el control médico ilegal que se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres embarazadas o Cartografía Shahida en el que indaga sobre aquellas mujeres que utilizan su cuerpo para ataques suicidas. En Mientras dormíamos. El caso Juárez su cuerpo deviene espacio de resistencia y medio de expresión, puesto que construye una poética denunciante de la realidad, específicamente de los casos de feminicidios en Ciudad Júarez.
El activismo cultural que lleva a cabo Lorena ha implicado también involucrarse en la apertura de espacios fuera de los centros establecidos de arte. Cofundadora y directora del ExTeresa Arte Alternativo (1994-1996), este proyecto se concibió justamente como “un lugar nuevo para un arte que no encajaba en el tradicional”. Se trataba de “un sitio para presentar el performance pero no para validarlo, porque aún hoy ocupa una posición rara. Diferente a lo que pasó con la instalación o el video que se acomodaron dentro del sistema, el performance no lo logró en México, aunque sí en otras partes del mundo”.
Mientras que sus primeras ejecuciones en el escenario tienen como eje principal su cuerpo, más tarde comienza a cuestionar los códigos culturales predominantes a través de “intervenciones culturales participativas” cuyo fin es “crear estrategias de arte desde el activismo y la pedagogía”, sin importarle, afirma categóricamente, “si se considera arte o no”. Ejemplo de ello es la contra-campaña de Palacio de Hierro (1999), en la que se cuestionó no sólo el “uso de la figura femenina” (se ven mujeres blancas y rubias “como si fuera Suecia”, desestimando a la mujer mestiza mexicana), sino “la mirada de las propias mujeres afirmando su cosificación”. “Me alucinaba esa percepción sin ningún tipo de crítica posible que, de alguna manera, formaba parte del postulado patriarcal contra el que hemos estado luchando”, comenta Lorena, y para combatirlo “debíamos hacerlo en el mismo territorio en el que sucedió”: la calle. En el proyecto Estados de excepción Wolffer invita a mujeres transeúntes a sentarse en una mesa a comer y departir con un grupo de extrañas, mientras el menú enlista distintas leyes nacionales e internacionales que aluden a sus derechos. En palabras de la artista: “vivimos en un permanente estado de excepción, en una cultura de violencia (…) en la que nunca podemos ejercer todos nuestros derechos; en ningún espacio, en ningún momento de nuestras vidas”.
Uno de sus proyectos más recientes es Mujeres en plural contínuo. Parte de un proyecto de más largo aliento llamado Historias propias, esta acción reúne historias de mujeres comunes (conductoras del metro, trabajadoras de intendencia, mujeres en condición de calles, niñas, etc.) a través de fotos que ellas mismas se toman mientras transitan por el Metro Tacubaya. Con la intención de “visibilizar mujeres que normalmente no vemos, mujeres de todas las edades, colores y formas de vestir”, este trabajo, contrario a los que abordan la violencia de género, “tiene una intención de encuentro, de empatía y de afirmación compartida, en la que tú me validas y yo te valido”.
Ante la coyuntura actual Lorena Wolffer reconoce como positiva la efervescencia del movimiento Me too, aunque también le “preocupa la mercantilización del discurso porque siempre supone su banalización, no solo de los feminismos sino de cualquier enunciado”. Por eso, declara con firmeza estar “más involucrada en actividades de activismo puro y duro que en proyectos artísticos, porque la emergencia es tal que requerimos de la acción, de la reacción”. Lorena se despide con una invitación “insistente y permanente” a destruir la concepción binaria del género que considera la madre de todas las violencias. Y es que, como ella misma afirma, “ser feminista es ser artísticamente incorrecta”.
Lorena Wolffer
Lorena Wolffer
Lorena Wolffer

* Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, y obtuvo el grado de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de investigación se centran en la cultura visual y sus conexiones con los estudios de género.