Una entrevista con Jesús Torres Torres*

Texto: Reyna Aguiar Basurto** y Adriana Martínez Noriega***
Foto: Alejandro Cantú

Adelantándose, quizás, a responder la pregunta inicial, la ópera prima del director Jesús Torres Torres abre con la siguiente frase de August Strindberg: “Todo puede ser. Todo es posible e inusitado. El tiempo y el espacio no existen. Sobre una débil trama de realidades, la imaginación teje y modela nuevas formas”. Aunque la referencia no sea tan clara, se trata de un extracto de El sueño, obra en la cual el dramaturgo sueco hace una fuerte crítica social al contar las travesías de la hija de un dios que baja a la tierra a observar —no sin asombrarse— cómo viven los seres humanos. Así, brillando en color morado contra el fondo de la pantalla negra, dichas palabras enmarcan la historia que el director nos cuenta en este, su primer largo metraje.

AMN: Cuéntanos de tu proceso creativo, ¿cómo fue que, de ser una idea en tu cabeza, lograste convertirla en una película que hoy se exhibe en varias salas del país y que, próximamente, estará disponible a través de Netflix?

JTT: Es complicado hablar de la historia de la película, pero si tratamos de ir al pasado, creo que el origen de todo fue cuando, desde muy chico, yo supe de esta mujer —muy cercana a mi familia— que murió en un accidente muy parecido al que relato en la película. Ya de adulto, me preguntaba qué había pasado con ella que, a tan temprana edad, había dejado truncos todos sus anhelos, su vida…, me interesaba mucho explicarme ¿qué podría haberla llevado a tan sorpresiva muerte? Y así fue que empecé a escribir la historia en cuanto fui teniendo conocimientos cinematográficos. Porque yo nunca tuve una educación formal en cine; he leído mucho a propósito, he sido cinéfilo desde los 8 años —aunque, en realidad, empecé a ver películas en la televisión, no en las salas… Luego tomé cursos de fotografía y me convertí en director artístico en varias películas. Pero tan pronto tuve la oportunidad, empecé a escribir esta historia; eso fue hace 10 años. Hice un primer esbozo para ver si la historia suscitaba interés en los demás —porque en ese momento yo pensaba que quizás era algo que sólo me interesaba a mí… La metí a un concurso de guión, y quedó entre los 10 trabajos seleccionados para crear un taller, nada más y nada menos, que con Vicente Leñero. Y recuerdo muy bien que, en la primera sesión, yo llegué muy temprano y sólo estaba ahí el maestro Leñero. Me presenté y me dijo: “ah, tú eres el de esta historia que ocurre en un pueblo… me parece que es muy interesante, ya la trabajaremos”. Con eso supe que tenía un buen guión con el que podía trabajar.

AMN: Con afán de no revelar demasiado la historia de NADIE SABRÁ NUNCA —porque nos interesa que la gente la vea—, nos gustaría que nos hablaras un poco de tus influencias cinematográficas y de los distintos recursos que forman parte de la trama, porque a nivel técnico es maravillosa.

JTT: Pues no revelar mucho es fácil para mí; en realidad, siempre me costó mucho contar la historia porque creo que está llena de un montón de cosas. Hay una narrativa central, pero alrededor tiene tantísimos guiños y detalles que dependen completamente de la receptividad del público, es decir, con qué conecta cada quien. Eso es muy enriquecedor. Ahora que he tenido la oportunidad de hablar con el público en sesiones de preguntas, he podido palpar cómo lo que se llevan de la película es muy diverso: hay quienes destacan el feminismo o la crítica al machismo, otros reconocen y halagan las referencias cinematográficas… En ese sentido, la conversación suele irse más hacia los temas que la película aborda que a la historia en sí.

RAB: Lo cierto es que tu película está conformada de muchísimos elementos yo, incluso, me he atrevido a considerarla como un collage. Pero me gustaría que nos contaras de esas estrategias de las que echaste mano para lograr un bordado tan fino. Es decir, los planos están perfectamente estudiados, la fotografía es increíble, la música se construye y entra perfecto en cada escena, la misma historia que se desdobla entre la realidad y la ficción, las breves pero contundentes actuaciones de Ofelia Medina, Sylvia Pasquel, Manuel Ojeda y Arcelia Ramírez, la impecable interpretación de los protagonistas Adriana Paz, Jorge A. Jiménez, David Medel, y Luciano Martínez, en fin… Tú dices que construir la historia te llevó 10 años, pero ¿cómo fue el proceso de desarrollar los personajes e identificar en qué actores los querías encarnar?

JTT: Ahora que lo dices he tenido un flashback que me remite a mi trabajo previo como fotógrafo de fijas o fotógrafo artístico. Tengo una serie en la que trabajé el collage y creo que, como mencionas, eso es lo que hice en la película… Es que el cine es así, una amalgama de un montón de gente en la que el director tiene que dar la pauta para guiar los distintos elementos hacia buen fin, es quien tiene que hacer que todo se concatene hasta que se logre lo que tienes en la cabeza. Los actores o colaboradores me decían que yo tenía muy claro todo. Y creo que el hecho de que tú mismo escribas una historia, que la estés trabajando por años —pensando y repensando— hizo que, a la hora de llegar a un rodaje de 6 semanas, tuviera yo todo muy claro. Aunque también hay que decir que, al llegar a la sala de edición, me topé con muchas cosas que dije “¿eso para qué se filmó?, lo pude haber evitado en la escritura”. Pero, bueno, así funciona el cine; no es hasta que ves la copia final que te das cuenta de los errores o aciertos que pudiste haber tenido. Es un poco como en el collage, tienes que pensarlo y mover las piezas, colocar una aquí y otra allá… Entonces, yo creo que muy bien da la vuelta el trabajo que empecé hace 20 años en la foto fija y ahora se concreta en la película.

AMN: Yo quiero regresar a uno de los temas que aborda la película. Estamos hablando de la (dis)funcionalidad de una tradicional familia mexicana de los años 70, en un contexto rural, pero vista a través de los ojos de un niño que, sin duda, ofrece una mirada muy crítica de su realidad. Y eso nos lleva a todos, como espectadores, a no poder obviar ese machismo estructural que atraviesa las dinámicas de la familia nuclear y que se extiende hacia las lógicas de relación en sociedad. En ese sentido, a mí me encanta el tratamiento que le das al asunto, porque lo planteas de una manera muy sutil —lo vas develando de a poco y mediante ejemplos cotidianos en los que no hay fuertes ataques o confrontaciones— y, sin embargo, lo pones ahí, sobre la mesa, como un plato calientito que hay que deglutir. Pero, además de eso, apuntas a una suerte de esperanza de cambio encarnada en los hijos y en el legado que en ellos deposita la madre (aunque también el padre). ¿Qué nos dices de eso?

JTT: Para contestarte voy a platicar un poco sobre el proceso de selección de los actores. Una vez realizado el casting, la pregunta que siempre me hacían después de leer la historia era: “¿cómo hago para abordar el personaje?”. Y, aunque esto no me lo decían, yo notaba en sus miradas que había algo de duda sobre mi trabajo, es decir, me consideraban primerizo y de poca experiencia. Pero lo que yo les contestaba era “no se preocupen, yo, a estos personajes los conozco perfectamente porque he convivido con ellos. Y no es que yo tuviera una madre o un padre así, o que yo sea el niño, sino que los he visto en el entorno y en cada personaje he resumido muchas características que he observado en otros”. Entonces, digamos, todos estos aspectos, que pueden ser nocivos o no, yo los había visto y había sido, incluso, víctima o victimario de ellos, porque también me reconozco como propagador del machismo, pues así fuimos educados todos los de las generaciones precedentes a las que ahora se están preguntando cosas en ese sentido. Por eso creo que ahora tenemos la oportunidad de re-educarnos y aprender otras formas de relacionarnos. ¡Espero!, aunque a lo mejor a nosotros ya no nos da tiempo de verlo… Pero espero que a las generaciones más jóvenes sí. Ahora, creo que esta problemática no es algo que podamos adjudicar únicamente a familias provincianas, sino que está en la ciudad, está en todas partes. Y tampoco está relacionada con la preparación. Yo se los decía mucho a las actrices: “las mujeres que están interpretando no tuvieron educación formal, llegaron —a lo mucho— a sexto de primaria de una escuela rural, pero no son idiotas. Están construidas por su contexto, tienen una historia atrás que las explica y también tienen una intuición tremenda”. Tal es el caso del personaje principal, a quien la sociedad empuja para un lado, pero ella se resiste y lo intenta, se avienta… Y no necesita tener ningún título universitario, sólo con vivirlo, con querer salir de ahí, lo logra —o no tanto.

RAB: Sin duda hay muchísimo de qué hablar sobre la película, pero me gustaría que, para cerrar esta plática, nos contaras en calidad de profesor de cine —ya que actualmente también das clases en la Universidad de la Comunicación— ¿qué consejos o recomendaciones les harías a los alumnos en esta difícil pero apasionante carrera? Porque, bueno, el cine en México está repuntando y el que existan cada vez más instituciones en donde se enseñe formalmente la profesión resulta muy esperanzador. Entonces, eso, un mensaje para las nuevas generaciones que están aprendiendo el métier.

JTT: Pues, mira, efectivamente es una nueva generación… Creo que lo que les diría —y no solamente a los alumnos de cine sino a cualquiera que quiera realizar una carrera relacionada con las artes visuales— es algo que a mí me dijeron muy temprano en mi carrera, cuando estudiaba fotografía: que hay que crearse un ojo. O sea, que para que tu puedas crear otros mundos o hacer cualquier cosa medianamente nueva tienes que hacerte de un bagaje visual antes; tienes que llenar tus gavetas mentales de material visual de calidad. Todos, hoy por hoy, estamos bombardeados por imágenes desde que amanecemos, pero éstas no son necesariamente buenas. Entonces, hay que ir a exposiciones de pintura, de fotografía, de escultura, en fin, hay que ir al teatro, escuchar opera y música de todos los estilos, no solo reggaetón. Solo así se puede ir haciendo uno de un gusto propio. Uno de los ejercicios que suelo hacer con mis alumnos es ese: pedirles que me argumenten por qué esto les gusta y por qué aquello otro no les gusta. Creo que es un buen ejercicio para que disciernan o clasifiquen lo que van viendo o escuchando, y según el almacén de cada quien se vaya llenando, irán siendo capaces de crear. Entonces, eso: vean y vean, oigan y oigan, lean y lean.

Entrevista completa: http://bit.ly/2InGVnt 

 

*Jesús Torres Torres estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Al tiempo que ha realizado su obra cinematográfica
como director y escritor, se ha desempeñado como director artístico y fotógrafo de fijas de otros autores. Su opera prima, NADIE SABRÁ NUNCA (2018), está en cartelera a nivel nacional desde abril de 2019. Es profesor en la carrera de cine de la UC.

**Reyna Aguiar Basurto es maestra en Relaciones Internacionales con especialidad en Gestión y política cultural. Ha sido directora de relaciones internacionales en el San Diego Museum of Art, responsable del área de registro y control de obra en el Museo del Palacio de Bellas Artes y en el Museo Nacional de Arte, además de contar con más de 25 años de experiencia docente en distintas universidades. Actualmente es gestora cultural independiente y directora editorial de esta revista.

*** Adriana Martínez Noriega es historiadora del arte y maestra en Estudios de la mujer. Su vida profesional ha transcurrido entre el mundo de los museos y la academia, y desde hace cinco años se desempeña como curadora, escritora y gestora cultural independiente. Actualmente es directora editorial de esta revista.