Texto: Sofía Neri Fajardo*
Foto: Banco de imágenes Shutter Stock.

Más allá de la esfera del arte, como diletante o especialista, el nombre de Gyula Halász (1899-1984) podría no decir mucho. Pero Gyula y su trabajo son relevantes para la historia de la fotografía por haber sido testigo y documentar con ojo franco y sensibilidad intuitiva, el París de la primera mitad del siglo XX, a través de un medio que llevaba ya más de cien años de desarrollo en las artes visuales y la documentación científica y tecnológica, sustituyendo poco a poco a la gráfica o a la ilustración directa en los medios impresos, y que hoy en día es uno de los principales vehículos de comunicación.

Formado en la Academia de Artes de Budapest y en la Universidad de las Artes de Berlín, el oriundo de Brassó (en la región transilvana antes perteneciente a Hungría y hoy día Brașov, gobernada por Rumania) vivió en París la mayor parte de su vida, nacionalizándose francés en 1949. Dibujante, escultor, cineasta y escritor, su incursión en la fotografía data de 1926, cuando decide aprender de su paisano André Kértesz el oficio, adoptando luego el pseudónimo/gentilicio con el que pasaría a la historia: Brassaï, es decir “originario de Brassó”.

Con un dejo de pictorialismo en algunas de las imágenes, la simetría, los ritmos, los ejes cartesianos y diagonales, el contraste y ciertas texturas de cualidad atmosférica configuran los elementos formales que, dentro de un mundo en blanco y negro, resaltan dentro del estilo presente en las 200 imágenes y materiales hemerográficos que pueden apreciarse en la exposición Brassaï. El ojo de París, presentada en el Museo del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México (MPBA). Mediante un recorrido museográfico que busca la inmersión del visitante a la penumbra de un ambiente nocturno pacífico y misterioso, a la vez que resalta y preserva cada obra, con espacios hechos de muros en gris con un toque azuloso semi oscuro, en la mayoría de los 12 núcleos o secciones en las que se divide la muestra, la ambientación ayuda a imaginar las motivaciones, gustos e intereses de un fotógrafo que amaba las caminatas nocturnas para observar a la gente y sus entornos, y cuyos hallazgos son justamente aquellos con los que, el curador estadounidense especialista en fotografía Peter Galassi, nombra cada núcleo—basándose en algunas categorías ya designadas por el propio fotógrafo para clasificar sus imágenes: Personajes, París de día, Minotaure, Graffitti, Lugares y cosas, París de noche, Placeres, Sociedad, Sueño, Cuerpo de mujer, La calle y Retratos.

El universo iconográfico de Brassaï no se excluye de una u otra sección de la exposición, sino que habla de un mismo sitio a diversas horas, con distintos protagonistas, haciéndonos voltear y apreciar detalles, rasguños en piedra, signos y símbolos urbanos en muros, pisos, penumbras, anuncios y neblinas lumínicos, afiches, templos, puentes, objetos que son también protagonistas por derecho propio. Estudió también la fauna parisina, sin concesiones, aunque un cierto acento costumbrista está presente en la recopilación de tipos urbanos del autor: desde un cadáver anónimo, hasta la opulenta reunión de sociedad, pasando por travestis, policías, delincuentes, proxenetas, dueñas de prostíbulos, feligreses, parejas de novios, artistas, escritores, homosexuales, durmientes, mujeres; de éstas, es interesante analizar las dos vertientes desarrolladas sobre las imágenes femeninas que retrató: por un lado, independientemente de su ocupación, la mujer es mostrada no como ente vulnerable, sino como individuo de libre
albedrío; en contraste, su interés por el desnudo femenino, expresado tanto en imágenes fotográficas como en sus dibujos y esculturas de la década de 1940, surgen de “una motivación más allá de la forma” según se consigna en textos de la exposición, es decir, de inspiración erótica.

Brassaï inserta sus elecciones de encuadre en luces indirectas, difusas, contrastes, oscuridades sorprendidas por haces o puntos de luz que evocan y sugieren, y que jamás iluminan de manera servil; dentro de sus atmósferas, los protagonistas animados e inanimados llevan a cabo sus quehaceres en una ciudad estética per se que adquiere, a merced de las elecciones del fotógrafo, un estatus de arquetipo ya presente en las cinematografías previas a Brassaï pero que él reúne con una mirada que no pretende lo vertiginoso o lo furtivo: cultiva con calma “lo premeditado, nítido y estable”, según palabras del curador. Dotado de su primera cámara —una Voigtländer Bergheil de cuero y fuelle y con placas de vidrio de 6.5 x 9 cm— podía y tenía que tomarse su tiempo al sacar solo una foto por disparo. Esto es fundamental para tomas con tiempos de exposición tan largos como los que se requieren para la fotografía nocturna, o para las tomas con personajes que, a veces, miran hacia el disparo y, en otras, aceptan sin chistar el congelamiento de la pose armada, porque están ante el artista que registra y recrea, y que, a la vez, les ofrece la posibilidad de la trascendencia, volviéndolos mitos reales o realidades míticas. Aunque Brassaï también sabe de espontaneidades, como se muestra en el caso de los personajes durmientes que también llamaron su atención y a quienes, al retratar, les concede el sueño eterno.

De extracción puramente tecnológica en sus mecanismos, la fotografía, en manos de Brassaï, se vuelve extensión de su intelecto y sensibilidad; deja un rastro poético que ofrece mundos en blanco y negro de gelatina de plata, luz de sus ojos, ojo avizor de la Ciudad Luz, cazador a veces furtivo, a veces directo, que con la lente manipula fulgores que encapsula en la cámara y en el cuarto oscuro, para volverlos luego a liberar o a congelar en el papel: luz del pasado vuelta presencia, sustancia latente, imagen que reposa y otorga la reinterpretación al espectador una y otra vez.

Lo que vemos en la selección del MPBA es un París arquetípico que parece buscar ese paraíso perdido reproducido y reforzado por la llamada pantalla grande, esa ciudad glamorosa pero pendenciera, de mujeres fatales y revolución industrial revestida de glamour, que es material que se posa en el inconsciente colectivo. Es el París de la cuasi eterna Notre Dame de Quasimodo avant le feu del 16 de abril de 2019, de la famosa Torre Eiffel antes despreciada por su contrastante simplicidad anti barroca y ahora considerada bella y multireproducida hasta la náusea, el París de los puentes, de los barrios bohemios, del Moulin Rouge, de los cafés, de los cabarets, de las boinas, del cigarro en la comisura, mon Dieu. No obstante, la selección que ofrece esta exposición que ha itinerado a varias sedes internacionales y que aquí se presenta con la colaboración
de la Fundación Mapfre, no aborda de manera exclusiva el cliché con el que simultáneamente pareciera que escuchamos en la mente música de acordeón o las canciones de Edith Piaf; también es documentación de la escena artística parisina con algunos de sus más inveterados protagonistas en retratos hechos a Oskar Kokoshka, Jean Genet, Henri Matisse, Alberto Giacometti, Pablo Picasso, Eugene Ionescu, Salvador Dalí, Anaïs Nin y Henry Miller, quien le llamó precisamente “el ojo de París”. Es, además, ocasión de mostrar las incursiones de Brassaï en el mundo editorial a través de dos revistas para las cuales colaboró ilustrando y escribiendo: en la década de 1930, la lujosa revista surrealista Minotaure fue el receptáculo de fotografías hechas a Dalí y a Picasso, así como de ilustraciones para textos de André Breton; Harper’s Bazaar fue la otra publicación para la que fotografió por encargo y que le permitió viajar a diversos países como España, Suecia, Estados Unidos, Brasil, entre otros.

Del 15 de marzo al 16 de junio permaneció en el MPBA Brassaï. El ojo de París, ocasión inédita para disfrutar de imágenes vintage únicas, a resguardo del Estate Brassaï Succession de París, y cuyo representante, Philippe Ribeyrolles, es también sobrino del fotógrafo de origen húngaro que gustó de descubrir la rareza no en la obviedad de lo insólito, sino en la demostración de lo cotidiano, con lo cual se convirtió en un cronista visual de la modernidad europea.

Sofía Neri es historiadora del arte y de 2002 a 2018 se desempeñó en el área museológica como investigadora, curadora, comisaria y coordinadora de exposiciones en recintos del INBA como el Museo de San Carlos, el Museo Nacional de Arte y el Museo de Arte Moderno. Ha ejercido el periodismo cultural en publicaciones de arquitectura e interiorismo, así como en suplementos culturales. Colabora periódicamente con galerías de arte en la redacción e investigación de textos de catálogo, entre otras actividades.