Texto: Norma Angélica Silva Gómez*
Fotos: Reyna Aguiar Basurto**
Video: Berenice Rosas Flores***

“Lo único digno de escribirse es aquello que parece desconocido y, por lo tanto, aterrador.”
Cherrie Moraga

¿Qué implica pensar desde la frontera? Sayak Valencia invita a la exploración de “lo fronterizo” como el lugar que posibilita la descentralización de algunas narrativas que acentúan la condición del cuerpo social. El movimiento como permanente desplazamiento apunta a lo inacabado, pero no por ello es menos potente para cuestionar los discursos. La condición fronteriza, por tanto, es aquello que aún está en las ciernes del pensar.

Para esta teórica, el conocimiento situado implica “pensar con acento”. Abrazar las tensiones y desplazamientos en un contexto en el que los pliegues convocan encuentros -y desencuentros- de lo limítrofe y fronterizo, tal como sucede en el lenguaje; de ahí su interés en él. En particular, un escenario que disfruta es la literatura en tanto lugar de construcción de discurso y de ordenamiento del mundo, donde escritura y afectos, también atraviesan al “cuerpo vivido”.

La pregunta por lo que desborda o derrama las fronteras, encuentra sentido al desencajar frente aquello que se asume como estable y cerrado, como el centro. Ya que es ahí, en el contacto con los otros, que se accionan resistencias y extravíos. En este sentido, el feminismo fue uno de los primeros escenarios que le permitieron pensar, desde la diferencia de “ser mujer”, en todo lo que implicaba serlo. Sin embargo, su primer contacto sería a través de los feminismos chicano, negro y aquellos de la disidencia sexual, política y cultural. Si bien explorar las consignas del feminismo le abrió a Sayak todo un campo de reflexión, también le evidenció, por un lado, su latente lejanía con el discurso europeo y, por otro, una franca empatía con el feminismo de frontera, específicamente el chicano.

“El mundo se está fronterizando”, afirma Valencia. Las lógicas de la frontera ha ido permeando los imaginarios sociales y de consumo cultural. Imaginarios que se reorientan o se ven influenciados por la estética narco, pero también por la derrama económica que generan sus actividades en los diversos territorios. El impacto del narcotráfico y la lucha del gobierno, son temas que no se tejen de forma solitaria, sino que también se encuentran con las lógicas subalternas y capitalistas. En este tenor, para la teórica resulta inminente cuestionar el paradigma del capitalismo como discurso cerrado y apostar por lo que desborda, por aquello fronterizo que pone en tensión su propia liminalidad.

La idea de comunidad en la frontera siempre es emergente, móvil y temporal. En este lugar limítrofe y de mixturas se gestan las expresiones como las de los cholos y los chicanos. Pensarlos desde la perspectiva decolonial enriquece las narrativas de aproximación, resaltando la importancia de crear comunidades de sentido en aquellos espacios que, por su naturaleza indefinida, suelen quedar excluidos de cualquier forma del relato de sí mismos. La invitación, entonces, consiste en explorar otras lógicas más cercanas a la circunstancia de violencia de frontera que, hoy por hoy, parece estar ya en todas partes.

El cuerpo de frontera también es el cuerpo del trabajo. El migrante, llega con su historia y sus saberes, pero también con su cuerpo y fuerza física. En ese sentido, Sayak resalta la importancia de no olvidar que: “Nosotros somos el cuerpo de la modernidad que con nuestra sangre se alimenta la fuerza del capitalismo”. Un cuerpo migrante, extranjero e ilegal conjura una serie de violencias y de procesos de invisibilidad que llevan a la gradual desaparición de sus prácticas sociales, uso del lenguaje, forma de alimentación, etc., en aras de hacer frente a las nuevas circunstancias en donde parece quedar en el olvido la Importancia de la memoria histórica.

El cuerpo que rebasa su frontera, queda fuera del marco legal, pero también de la posibilidad de ser nombrado y reconocido porque “No existe un correlato de memoria que dignifique esas memorias y su recuperación”. ¿Qué implica, pues, la borradura de esos relatos, memoria y la (im)posibilidad de su propia historicidad? Para Sayak Valencia la “gramática ortopédica” es la que deja al otro sin posibilidad de preguntar. Es aquella que no permite reorientar los contenidos y el goce, ni usar estas estrategias para agenciar y reorientar los afectos. De ahí su interés por el lenguaje y sus particularidades expresivas, aquellas que desde el centro se consideran “fallos lingüísticos”, pero que a sus ojos son poderosas manifestaciones de producciones epistemopolíticas otras.

En este tenor, la interseccionalidad (término acuñado por la abogada afroamericana Kimberlé Crenshaw y que refiere a la multifactorialidad de las lógicas de opresión) abre corredores de pensamiento que promueven la justicia social para las diferencias en un contexto en el que el “capitalismo gore”, el extractivismo y la guerra contra el narcotráfico han desatado una ola de violencia y crueldad que ha goleado particularmente a las mujeres.

De ahí que Sayak resalte la importancia del movimiento feminista y la importancia de observar a detalle lo que considera la “letra chica para la masculinidad en México”. Pensar en clave de las posibles “pedagogías de violencia” no está separado de revisar el ejercicio de prácticas machistas que apuntan al disciplinamiento de los cuerpos y voluntad femenina. Ejemplo de esto es el tema de los “cuidados domésticos”, como una labor histórica no remunerada, donde el cuerpo de la mujer no solamente está al servicio de los otros en la familia, sino que su función biológica está determinada para la gestación de la misma. Es decir, son cuerpos que fortalecen la maquinaria del capitalismo.

En esta lógica, Valencia menciona la distinción entre el patriarcado de baja y el de alta intensidad. Entre ellos se teje el feminicidio, formando un entramado complejo de sujeciones para quienes exceden los límites impuestos por el régimen falogocéntrico y cuyas acciones deberán ser castigadas y disciplinadas, como es el caso de la migración. Migrar es transitar. En la cuidad, el desplazamiento de la urbe vs las periferia, también genera dinámicas de exclusión que obedecen a la lógica de enfrentamiento que sostiene un discurso entre lo desarrollado y lo que queda al margen. El ya casi. Partiendo de este escenario, se pregunta Valencia, ¿Cuáles son las posibilidades sensibles de respuesta?

Podemos pensar que la reactivación de los escenarios que incentivan las actividades del arte y la cultura serían suficientes. El asunto es que no es así. Si bien estos nos brindan satisfactores casi inmediatos, se requiere de un esfuerzo mayor para generar “dinámicas que articulen otras formas de sensibilización”, que resistan la gratificación inmediata del consumo y del dinero. Aquí la importancia de la recuperación de formas múltiples de registro de la memoria, su colectividad, sus transformaciones; mismas que por sí solas son posibilidades para pensar escenarios que puedan restituir algo del daño.

En los saberes del sur, la idea de sentipensar de los pueblos originarios brinda caminos de sensibilidades otras que articulan fugas necesarias, mas allá de las epistemologías hegemónicas. Pensar desde la frontera invita, así, a cambiar las coordenadas de enunciación, a cuestionar la “ortopedia de las gramáticas” de lo posible, a poner en juego las variables no enunciadas, a detona nuevas posibilidades de elección y a resalta la importancia de la colectividad. Pensar desde la frontera es, en suma, pensar en colectividad, en tensión y en permanente mudanza.

Sayak Valencia Pensar desde la frontera por Norma Angélica Silva Gómez Revista ANTiDOGMA UC Universidad de la Comunicación

*Arqueóloga e Historiadora del Arte. Candidata a doctora en “Saberes sobre Subjetividad y violencias” por el Colegio de Saberes.  Coordinadora del programa “URDIMBRES. Feminismos Decoloniales y Saberes Nómadas” en El Rule. Comunidad de Saberes. Pensadora.

** Directora editorial ANTiDOGMA.

*** Alumna de octavo semestre de Comunicación Visual en la Universidad de la Comunicación.