Texto: Sara Gabriela Baz Sánchez*

Naces, creces, decides estudiar Historia (o Filosofía, o Literatura o Historia del Arte; de cualquier manera serás denostado) y te entregas a una andanada de críticas y miradas de sospecha que te perseguirán hasta que te titules. Si logras esto último, los de la mirada sospechosa entornarán los ojos todavía más porque falta que demuestres que puedes vivir de lo que estudiaste. Y tienen razón. Enfrentamos el característico comentario “te vas a morir de hambre”, o la carga social, dependiendo de si se es hombre o mujer, que conlleva el “con esa carrera no mantendrás una familia” y “ojalá te cases pronto para que te mantengan”. Uno comienza su vida profesional con la marca del fracaso, pero ¿por qué?

Este panorama nos aqueja a todos los que en algún momento de nuestra vida decidimos dedicarnos a las humanidades. Nos pasa en México, nos pasa en contextos machistas que valoran profesiones tradicionalmente asociadas con “el éxito”tales como Derecho, Contaduría, Ingeniería o Medicina. Nos pasa porque cada vez es más difícil ingresar a una estructura institucional, ser parte de ella y disfrutar los bene cios del empleo remunerado con regularidad. Ciertamente, si logramos colarnos (y generalmente lo logramos) a esa estructura institucional realizamos investigación, catalogación, escribimos discursos o curamos exposiciones, contaremos con una remuneración “por proyecto” o estaremos amparados por un contrato “por tiempo y obra determinado”, lo que quiere decir que recibiremos uno o varios pagos, pero no conforme a la regularidad de las ansiadas quincenas, y nada más, porque de las prestaciones y estímulos que tuvieron tal vez nuestros padres si es que fueron empleados, mejor ni hablamos.

¿Sabíamos que iba a ser así? Cuando abrazamos con entusiasmo los estudios profesionales, no lo creo: nos lo decían pero nadie experimenta en cabeza ajena. Además, seguramente no nos hubiera importado (siempre somos los que vamos a cambiar esas realidades incómodas o a hacer una gran diferencia). Una vez enrolados en la cadena de chambas perentorias que se convierten en una sinfonía de lo simultáneo, de la prisa, de comer de camino a otro lado, pensamos que somos jóvenes, que tenemos una vida intensa y, por qué no, hasta satisfactoria.

Quizá tuvimos la suerte de perseguir un grado académico: de la licenciatura pasamos a la comodidad del posgrado con beca Conacyt. Como tenemos compromiso de dedicación de tiempo completo al estudio, no podemos trabajar (y lo dice en el contrato). Por cierto, el primer pago de la beca no es al inicio del programa, tarda algunos meses, pero como lo importante es que ya fuimos aceptados y eso nos da dos añitos de tranquilidad, pues aguantamos. Y luego, quizá podamos prolongar este modus vivendi y hacer un doctorado.

El hecho es que a los treinta podríamos haber alcanzado el grado: la estructura incluso ofrece continuar con una estancia posdoctoral si es que cursamos un posgrado avalado por el PNCP (Programa Nacional de Posgrados de Calidad). Tendríamos juventud, grado académico, pero nula experiencia dentro del ámbito profesional. Tendríamos, entonces sí, la posibilidad de buscar que la institución académica nos absorba o podríamos probar suerte en el sector público o en el privado. El salario no es lo de menos pero tampoco es determinante si estudiamos humanidades (retumba en el recuerdo el lacerante “te vas a morir de hambre”, pero seguimos vivos y nos sentimos triunfantes) y eso nos obligará a la colección de proyectos simultáneos, clases y colaboraciones que nos den algún respiro económico. Hacemos nuestro trabajo con entusiasmo. Pero ese entusiasmo tiene un elevado costo social.1

Sabemos que las humanidades, la educación y las artes son sectores profesionales con percepciones por debajo del promedio. Según el Observatorio Laboral del Sistema Nacional de Empleo en México, un profesionista que cursó humanidades percibirá en promedio 9,556 pesos mensuales. Los cientí cos sociales están por arriba en unos 2,012 pesos pero ojo, no hay que irse con la nta: los ingenieros y los matemáticos no están mucho más lejos. Unos 13,922 pesos constituye el salario promedio de un profesionista dedicado a la Física o las Matemáticas.2

Con todo esto no deseo apuntar un listado de razones por las cuales no se debe cursar humanidades: todo lo contrario. En años recientes se ha hablado sobre su anticipado nal, sobre su desaparición del currículo universitario porque el modelo económico global y el capitalismo salvaje en que vivimos no tolera la improductividad ni lo “accesorio”. Una humanidad sin humanidades es una receta para ir camino al despeñadero, no sólo porque sin humanidades se vulnera la capacidad crítica de la sociedad, se tecni ca la formación de recursos humanos y se funda en el único objetivo de la productividad. Pero, ¿qué no la vida ya es así?

Se estima que las humanidades han caducado en un mundo tecnologizado y cuyo único ideal es generar productividad para aumentar capitales, incentivar el deseo de consumo y cerrar el ciclo. Un dato que pasamos por alto es que la re exión losó ca, la histórica, el análisis literario o el artístico constituyen pilares de nuestra conformación cultural y aportan el contenido de mucho de lo que mediáticamente consumimos a diario: series, lmes, publicaciones de entretenimiento en diversas plataformas, animé. Los textos de crítica de arte contribuyen a determinar el valor de una obra o de un autor en el mercado. Y el arte es inversión. Esos contenidos y la posibilidad de comercializar los productos nacional e internacionalmente se vinculan para formar lo que se conoce como industrias culturales productivas y es innegable que contribuyen al PIB. “Se entiende por industrias culturales un sector de actividad que “como consecuencia del progreso tecnológico, puede […] difundir sus productos en mercados de gran escala gracias a la posibilidad de reproducirlos de forma mecánica o electrónica”.3

Además de esto, se encuentra la esfera de la gestión pública que, con miras a construir un sistema de representación internacional del país, recurren a su legado histórico, artístico y arqueológico para desarrollar estrategias. Esa gestión trabaja con contenidos generados por humanistas, con expectativas de éxito, con emociones producidas por experiencias diversas.

Producen estereotipos de los que muchos no estamos orgullosos, pero también producen dinero. Esto quiere decir que es mentira que la elección de las humanidades nos deje automáticamente en bancarrota; la frase ”te vas a morir de hambre” se convierte en un penoso acicate cada que reaparece en la memoria porque no, no es así si se saben poner en valor las contribuciones que son producto de nuestro trabajo.

La palabra Humanismo aplicada al cultivo renacentista de los estudios grecolatinos y su difusión en Occidente comenzó a usarse entre los académicos alemanes del siglo XIX, su raíz data más o menos de nales del siglo XV y parece haber sido parte del lenguaje de los es-tudiantes universitarios italianos de esa época. Concretamente, la palabra Humanista designaba al profesor o al estudiante de la studia humanitatis, para diferenciarlo de un jurista, por ejemplo, y abarcaba disciplinas como la gramática, la retórica, la poesía, la historia y la losofía moral, todas ellas basadas en la lectura de los autores clásicos que habían escrito en griego y latín.4

Las humanidades son saberes más que profesiones, se basan en el texto y en la relación que con el texto, ya no sólo de origen grecolatino, se guarda. Esa relación produce contenidos signi cativos para nuestras sociedades, sostiene aparatos académicos y genera recursos económicos. Sin humanidades no habría discursos políticos ni áreas de comunicación social. De que nos necesitan, nos necesitan aunque se esfuercen por borrarnos en los programas de estudio.

Las humanidades son las bases que estructuran nuestra aproximación a lo que nos permite entendernos en el tiempo. No en el tiempo delirante y hecho de muchas simultaneidades que constituye nuestro día a día: en el tiempo largo, en la expectativa de un futuro como especie, en la re exión que orienta nuestro trabajo creativo (y que contribuye a formar productos que proporcionan esparcimiento). Cuando corremos de un empleo a otro porque económicamente no podemos depender de uno solo no nos damos cuenta de que estamos alentando una cadena de explotación que, por razones de la economía nacional y mundial, no será “clemente” con nosotros y ofrecerá nuestro puesto a quien lo haga por menos dinero. Al infravalorar las humanidades no vemos que estamos infravalorando la producción de contenidos y la posibilidad de crear industrias culturales productivas; no vemos que los gobiernos ya no ofrecen las condiciones para emplearnos a todos y que la academia se va quedando sin plazas. Estudiar humanidades nos debe permitir ver más allá del día a día, detenernos para pensar en cómo dejar de resolver lo urgente postergando lo importante.

No puede haber humanos sin humanidades. Pueden dejar de impartir materias como Historia en la educación básica y media (lo cual es un error), pueden dejar de impartir Literatura, pueden tomar la decisión de reformar los planes de estudio universitarios para producir graduados y posgraduados a granel, pero sin calidad: pase lo que pase, las humanidades nos han sostenido porque, como sociedad, no podemos dejarnos a la vera de la tecni cación y la productividad. Hemos contado cuentos desde que tenemos uso del lenguaje como especie; hemos desarrollado sistemas para preservar nuestra memoria como grupo, hemos danzado y cantado en marcos rituales, pero también porque lo necesitamos. Las humanidades nos hacen humanos y quienes nos dedicamos a ellas podemos reconstruir una plataforma en donde además, podamos generar productos rentables. Esto es un exhorto a seguir en la trinchera.

El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: Darío Castro

El teatro y la reconfiguración disensual

Foto: PinPoint

1 Remedios Zafra, El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Barcelona, Anagrama, 2018).
2 https://www.dineroenimagen.com/tu-dinero/estos-son-los-mejores-y-peores-sueldos-en-mexico/95339
3 Smithuijsen, C., citado en Xavier Cubeles, “Políticas culturales y el proceso de mundialización de las industrias culturales”, http://red.pucp.edu.pe/ridei/ les/080916/08/2011.pdf.
4 Agustín Rivero Franyutti, “¿Qué son hoy las humanidades y cuál ha sido su valor en la universidad?” en Revista de Educación Superior (Rev. educ. sup vol.42 no.167 México jul./sep. 2013).

Versión en línea: http://www.scielo.org.mx/ scielo.php?script=sci_arttext&pid=S27602013000300003-0185.

* Sara Gabriela Baz Actualmente es profesora e investigadora de tiempo completo en el Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana. Es doctora en Historia y es un ejemplar que no se murió de hambre por estudiar eso. Se dedica a la docencia y estuvo vinculada al sector público federal durante 20 años como investigadora, subdirectora y directora del Museo Nacional de Arte y del Museo Nacional del Virreinato.